Una vez más sobre “Elefante blanco”

Tras haber hecho una primera reseña al film de Pablo Trapero (publicada en La Verdad Obrera y en el blog Artemuros) –donde evité prácticamente todo spoiler–, y luego de haber estado en el programa radial Pateando el tablero, me propongo, aprovechando los comentarios que allí hice, puntualizar algunas cuestiones (que tal vez quedaron medio desordenadas) y debatir con algunas críticas que hay a la película.

1. Por ejemplo el cura Eduardo de la Serna, del Grupo de Curas en Opción por los Pobres de Argentina, escribió:el principal sinsabor tiene que ver con la villa, y los villeros. No creo que se pueda dudar que esa es la realidad de hoy en la villa (y en eso, bien distinta de la vivida por Mugica), pero ¿eso es todo? ¿No hay otras realidades en la villa? No se ve un partido de fútbol en toda la película, no se ven camisetas de equipos, no se ven fiestas (de 15, de bautismo, de bodas; sólo una de ordenación de cura en la villa, algo sumamente improbable), no se ven borrachos…

Casi que no se ve “vida”. Como que la villa es sólo muerte, y que la única “vida” puede venir de fuera, sean curas (el que queda es más de fuera todavía, porque es extranjero), sea trabajadora social. La villa no tiene salida alguna, y lo único positivo dentro, parece ser “blanco”. Y tengo serias dudas que muchos curas villeros estén de acuerdo con eso.

Para mí el llamado “cine social” no equivale a un “100% de realismo” –y mucho menos a las pretensiones que en su momento tuvo, por ejemplo en la literatura, el naturalismo–.  Tal como la ciencia, el arte no puede aspirar a reproducir completamente “toda la realidad” –además de que esa “reproducción”, sea artística, sea científica, tiene particularidades que le son propias–.

Está claro que desde Mundo grúa –y El bonaerense, Leonera y Carancho– Trapero, haciéndose cargo en alguna medida de las nuevas configuraciones sociales y políticas surgidas de las barbaries del neoliberalismo, enfoca sus cámaras hacia ciertas dimensiones, ciertos personajes, ciertas situaciones de la realidad contemporánea. Y desde ya que es “una mirada” y no “una completa” realidad; y por ello su reconstrucción “realista” de las villas en este caso será sesgado; es un recorte que le sirve al autor para su puesta en pie de la (o las) historia/s que quiere contar.

(Por otra parte, sí hay acontecimientos –algunos, pocos, sí; pero hay– como los que pide De la Serna: hay un bautismo en curso… que se ve interrumpido por “el monito” y otros chicos que “hacen quilombo”. También, en una escena donde hay charlas con los chicos/as y adolescentes del barrio, se puede oír a un personaje decir que quiere trabajar e irse a vivir a otro barrio –luego de que varios/as dicen sentirse discriminados en el colegio tras decir “dónde” viven…–. No me pareció que el tratamiento de la villa sea sólo negativo, aunque sí se puede decir que hay menos protagonismo de ellos y más en los curas y la asistente social…)

2. Otra crítica es la Oscar Cuervo. Éste, entre otras cosas, dice: “Trapero promueve un delicado equívoco: Mujica no era un cura villero y sus héroes de ficción no son curas tercermundistas. La figura de Mujica puede ser admirada o discutida (lo segundo es más provechoso que lo primero); pero es jodido tergiversarla en función del espectáculo. La tarea que desempeñan los curas diseñados por Trapero, Mitre y Fadel es la de una reducción de los daños: siempre están exhortando a los diversos actores del conflicto (los villeros, los narcos, la policía, los sindicalistas, el obispo, el poder político) a que concilien, a que bajen la intensidad del enfrentamiento; en muchas escenas, del principio al fin, se los ve luchar denodadamente para evitar el estallido de violencia. La fría decisión de los guionistas es que los personajes fracasen en el momento decisivo. El pesimismo garpa. También se ve a los curas rezando y llorando compungidos por su impotencia ante la injusticia del mundo. Curiosamente, no se los ve predicando el Evangelio. De hacerlo, los personajes deberían haber optado entre una interpretación conciliadora y otra liberadora de la palabra de Cristo: ese dilema se le planteó a Mujica, a quien el film homenajea, pero los guionistas no se lo permiten a sus criaturas.

Desde ya que esta es una lectura, una interpretación posible. Pero no necesariamente la única.

Desconozco si “garpa o no” el “pesimismo” (¿de quién, cómo, para qué?), pero lo cierto es que la trayectoria de Mujica –quien más allá de los dos homenajes: dedicatoria al comienzo y misa en su honor durante el film– no está discutida ni tratada en profundidad. ¿Y eso tiene algo de malo? Incluso el cura que interpreta Darín dice –y esto es algo que se repite en el trailer de la película– “La situación y la violencia son distintas; pero nuestro amor es el mismo”. Punto. Ésa es la (única) relación entre el presente y el pasado que propone el guión: el amor de los curas (de algunos) por lo pobres.

(Y, por otro lado, habría que discutir también –como propone Cuervo– que, dentro de las opciones de aquel cura del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, estuvo, en 1973, la de proponer, utilizando frases de la Biblia, “dejar las armas para empuñar los arados” –nada que ver, todo lo contrario a Tomás Münzer por ejemplo; el que, según relata Engels en su fabuloso relato sobre las “guerras campesinas” de fines del 1500, levantaba a las masas campesinas contra los grandes terratenientes y hacendados utilizando frases de la Biblia.)

En concreto, dilemas hay. Trapero dota de cierta autonomía verosímil a los personajes, y éstos padecen crisis, dudas e incertidumbres. Que luego no los resuelva(n), o que adopten puntos de vista y acciones con las que Cuervo discrepa (él hubiera preferido otras), es otro asunto.

Y luego Cuervo agrega, en un sentido similar a De la Serna, “En Elefante Blanco los villeros aparecen invariablemente como una masa indiferenciada, objetos sin voz dramática propia, una fuerza natural destinada a hundirse en su fango de miseria, droga y violencia autodestructiva, incapaces de conquistar una conciencia propia, reducidos a su función de marco para que los protagonistas, burgueses o pequeñoburgueses, como los autores, desplieguen sus conflictos existenciales y elaboren sus deseos. ¿Para quién filma Trapero?

Yo me pregunto ¿si hubiera filmado a la gente de estos barrios humildes organizada y en lucha, significaría que Trapero es un “proletario revolucionario”; o que “filma en exclusiva para” los trabajadores y sectores populares? Discrepo aún, como ya dije antes, cuando es verdad que la villa sirve más por momentos como “decorado de fondo” que como unidad orgánica, viviente (y protagonista) de la película. Por ello, pretender que Trapero sea Einsenstein –de nuevo: hablamos de “cine social”, no “cine político”: Trapero no tiene nada que ver no sólo con el autor de El acorazado Potemkin, obvio, sino siquiera con un Raymundo Gleyzeres como mucho; y además, como está claro, no estamos ni en 1917 ni en “los setenta”. ¿Por qué Trapero iba a mostrarnos masas-protagonistas-de-grandes-luchas? Desde ya que podría hacer una historia así… pero no la hizo, y optó por realizar un pantallazo de la vida en las villas, donde se cruzan estas historias de los curas y la asistente social, conflictuados; una historia “del presente”, con protagonistas de origen pequeñoburgués que se lanzan a la asistencia a los pobres… y allí quedarán con los (todos, muchos) límites de su acción e ideología. En definitive, ¿Trapero no expresa de alguna manera algunos aires del kirchnerismo, la filosofía del “es lo que hay”, la reivindicación del asistencialismo que pone parches en las heridas del neoliberalismo?… (Aunque también –¡por suerte! ;)– hay otras películas, no sobre los pobres, sus barrios y carencias, pero sí sobre los 70 y las luchas de entonces, como Memoria para reincidentes –ver acá y acá–. En Memoria… no hay ficción ni recordatorios a Mujica, pero sí una reconstrucción documental del actor principal de esos procesos: la clase trabajadora fabril; y el rol de peronismo, la patronal, junto a un balance estratégico de qué faltó para vencer en aquellos años.)

3. Y hablando del kichnerismo, hay otra crítica, aparecida en el blog La Barbarie, que dice: “Quizás lo que me moleste en el fondo es que el Estado esté representado a través de una asistente social y el gatillo facil policial. Que las agrupaciones políticas aparezcan mágicamente a la hora del quilombo. Que el único sacrificio involuntario sea el de Cruz, el cana infiltrado. El cana sacrificable sin mayores problemas”.

Que la película tiene “despolitización” yo también lo dije en mi reseña (los políticos apenas si aparecen o hay alguna alusión a ellos, así como “las (difusas, por cierto) agrupaciones políticas” que surgen cuando los/as vecinos/as deciden ocupar el predio tras la anulación de las obras por falta de fondos –y perdón por el spoiler–). Pero el lamento por “cómo se muestra al Estado” me deja pensando. ¿Por qué le molesta tanto al kichnerismo, que es un entusiasta de prácticamente cualquier obra artística que le guiñe un ojo, que le tenga alguna simpatía, esta película? Ya dije que es imposible que haya “radicalización de las masas” en esta película, ambientada en (adaptada a) un presente de (relativa) pasividad. ¿Y entonces? ¿No será porque hubieran preferido que estuviera Alicia Kirchner como protagonista junto a Kolina, o al menos que la vida en la villa se mostrara como un progresivo avance ininterrumpido hacia “la civilización” gracias al “rol de Estado presente” y a alguna “militancia camporista”? Yo creo que algo de eso hay… Pero la síntesis que habría –según esta interpretación del blog– en la película es correcta, y molesta a los (ilusos) reformistas de siempre: el Estado actual es el Estado de la clase dominante: el que combina garrote (policía y demás fuerzas represivas) y zanahoria (la asistencia social, la iglesia, el “bajar fondos” para –micro– emprendimientos como construcciones de viviendas, etc.).

4. Así como Trapero no tiene la obligación para con nadie al hacer su arte (o de mínima, una obligación para consigo mismo y su equipo de actores y productores –que desde ya, no son pocos ni “pobre gente”–) las críticas a su última película tampoco tienen la obligación de aceptar todo sin decir u objetar(le/s) nada. Pero de ahí a las (a veces poco claras) pretensiones de los textos que he citado, hay una exageración… o pedidos exagerados.

Por mi parte insisto que la película vale la pena ser vista, dentro del marco ya planteado: es cine social, hay una cierta mirada (light), y algunas historias –cierto, en muchos casos convencionales, esperables, predecibles–. La imagen le gana al guión; y por ello, siempre (que se pueda) vale la pena reflexionar a fondo sobre qué dice una obra (y su autor) respecto al presente.

Así como hay (cada vez menos) “setentismo light” en el kirchnerismo (al contrario: CFK y Garré mandan más gendarmes –¡cientos!– a las villas y barriadas del GBA), Trapero se aclimata a “los tiempos actuales” y nos da, no un cura que (como aquellos del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo) está por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, sino uno que apenas da misa y propone sacarle unas chirolas al Estado para que los pobres construyan algunas casas o edificios.

De nuevo, ¿es poca cosa? Sí: “es lo que hay”.

Aunque –como ya dije– no lo único…


3 comentarios on “Una vez más sobre “Elefante blanco””

  1. EM dice:

    Sin duda, no puede pedirse a una película lo que esta no parece proponerse. Trapero no muestra la intención de abordar toda la complejidad de la vida en las villas, las relaciones sociales, etc. Sin embargo, creo que sí hay un gran problema en cómo muestra Trapero lo que elige mostrar. La iglesia en cierta medida, pero sobre todo la policia, aparecen como instituciones naturalizadas en el rol que ellas mismas presentan de sí mismas. La Iglesia, en su entrega por los pobres (alguna ligera crítica sugerida al obispado, pero más que nada por no meter “las patas en el barro”). Y sobre todo, la policía, que aparece como la abanderada de la lucha contra las drogas, y la delincuencia en general. Creo que es una fuerte inclinación de Trapero, hablar “desde el pueblo”, buscando dar vívidos frescos de cómo viven y sienten los trabajadores y los pobres, pero sin lanzar ni un cono de sombra sobre las instituciones del régimen. Eso se ve sobre todo en esta película y en El bonaerense, pero también en Mundo Grúa, donde está la tragedia del desocupado, pero los patrones casi no son retratados como clase, son apenas un contexto.
    Saludos

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  2. SF dice:

    Me gustò tu crìtica EM. interesante visiòn.

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  3. Buena tu crítica, hace poco vi este filme en hbo películas y puedo decir que hay muchos elementos que hacen que valga la pena como; la buena fotografía, los maravillosos y largos planos secuencia que acompañan los pasos de los personajes, la crudeza de la imagen (una de las marcas propias de las historias de Trapero) y el impacto que ciertas tomas van produciendo (una de las secuencias finales, por ejemplo) crean un realismo intimidante y aportan una calidad audiovisual que impacta. A su vez, las actuaciones mantienen un nivel muy bueno de credibilidad.

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