Lenine en el Gran Rex: el funk de siempre y las baladas + sonidos y ritmos electrónicos (para crear nuevas atmósferas y que siempre viva la MPB)

Los músicos del Brasil –al menos, una gran parte de los que mantienen viva la MPB– están a la búsqueda de nuevos sonidos, “atmósferas” o “ambientes” para sus nuevas producciones. En general, se aprecia en los discos o en las presentaciones en vivo (por las que hubo en nuestro país, pienso en, por ejemplo, Caetano Veloso y Adriana Calcanhotto): se puede decir que lo hacen desde escenarios despojados o minimalistas (un ala delta como “techo” y una modesta pantalla de video en el caso de Caetano y sus dos (jóvenes) músicos acompañantes; todo negro y con una mesa con “implementos” en el caso de la Calcanhotto; apenas tres lámparas “iluminantes”, posadas sobre la cabeza de cada músico, en Lenine) junto a sorprendentes bases y ritmos electrónicos (haya o no batería –como sí hubo con Caetano; también unas percusiones del genial Lancelotti con Calcanhotto, y sin tambores en el caso de Lenine… y sin que por ello falten las clásicas batucadas programadas–). En cualquier caso, hablamos de esa particular hibridación de los adelantos técnicos y ritmos de otros países y continentes, junto a los instrumentos y ritmos tradicionales del Brasil, que produce la MPB desde hace varias décadas, y que por lo general da muy buenos resultados musicales, sumamente creativos.

(Respecto a Recanto, de la gran Gal Costa, por el momento me reservo del derecho de opinión; trataré de darle alguna oportunidad más al disco y veré si posteo alguna opinión…)

Yendo al grano. En el Gran Rex, la semana pasada, Lenine presentó Chão, su último disco, el de una carrera de casi 30 años. Dio un recital de una hora 45 minutos, y, en el sentido arriba mencionado, no decepcionó con su nuevo “concepto” de proyecto musical. Sin batería, sin percusiones, Lenine subió al escenario acompañado “sólo” con dos músicos… que instrumentaban con todo: guitarras, cavaquinho, bajos, teclados, sintetizadores y programadores de bases rítmicas, loops y sonidos varios (los latidos de un corazón; el canto de un canario y una cigarra; ruidos de pasos por un camino de piedras; un lavarropas; una máquina de escribir y una motosierra…). Bruno Giorgi y JR. Tostoi fueron excelentes acompañantes para el músico nacido en Pernambuco, quienes junto a sonidistas e iluminadores generaron un gran recital (por ejemplo, ciertos sonidos sólo de ciertos amplificadores del teatro: Lenine nos brindó un “concierto en sourround”).

El show comenzó… con el recitado con que finaliza Chão, que dice que “esto es sólo el comienzo”… un comienzo que arrancó con los primeros temas de Chão pero que revisitó infinidad de temas de Lenine de sus anteriores trabajos: desde O Dia em que Faremos Contato, de 1997 (“A ponte”), pasando por los temas de Na pressao (1999): “Paciencia”, “Jack Soul Brasileiro”, “Relampiano”, “A rede” y “Tubitupy” (este último con esas fabulosas letras que dan cuenta de las paradojas (hiper)modernidad-(hiper)pobreza que tristemente caracterizan la realidad de nuestros países en Latinoamérica, y que Caetano en “Um indio” (de Bicho), o Gilberto Gil en decenas de temas –¡y discos!– también han “retratado” a su manera), hasta los de Falange caníbal (2002), como “O Silêncio das Estrelas”, y muchos más.

Varias veces he dicho que a Lenine, más que como “el Beck brasilero” debería ser moteado como “el Chili Pepper brasilero”, por el pegadizo funk popeado (o pop funkeado, como gusten) que tienen muchos temas (me parecía que “el Beck” del país hermano era más bien Carlinhos Brown; aunque, por su parte, el folleto de Chão dice otra cosa: que “Lenine ha sido considerado la respuesta del Brasil a Prince”). Sin embargo, ahora, con el aggionarmiento de bases y sonidos electrónicos (muchos de ellos los mismos originales de las versiones en estudio), se puede restituir ese “título” a Lenine: porque la “novedad”, además de los temas recién aparecidos en Chão, fueron las cadencias –por lo general, más lentas–, junto a los arreglos de los temas ya conocidos más “movidos”; y que si bien, ya están sonando en sus trabajos de estudio, acá, por carecer de baterías y percusiones “tradicionales”, permitieron oírse y destacarse (una vez) más.

Mi vieja –partícipe conmigo del recital– me repetía lo que ya había notado en la primera presentación de Lenine en estos pagos, allá por 2008: la enorme energía que pone éste en desarrollar el recital, similar a su modo de ver, a un Fito Páez, que le mete y mete durante una, dos (o tres) horas, ganándose así al público. De hecho, los dos músicos tuvieron un breve descanso a mitad del show, y Lenine arremetió con dos temas, él solito con su guitarra (“O Silêncio…” y uno de esos funkitos tan buenos que hace), y luego siguieron los tres hasta el final, con bises y aplausos del público (quien participó, entusiasta, en muchos temas, cantando y acompañando), muy feliz, largo rato, tras el saludo final del trío.

En suma: energía, buenos arreglos musicales, nuevos temas y mucha alegría nos dio este genial músico.

 


One Comment on “Lenine en el Gran Rex: el funk de siempre y las baladas + sonidos y ritmos electrónicos (para crear nuevas atmósferas y que siempre viva la MPB)”

  1. […] de Verdade –un disco que si bien no logra (o no busca) las experimentaciones de, por ejemplo Lenine o Adriana Calcanhotto, es un álbum logrado–, un show titulado “Verdade Uma Ilusão”, donde, […]

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