¿Trapitos al sol?

Acerca de Un dios salvaje

La nueva película del director Roman Polanski (El cuchillo bajo el agua, El pianista, El escritor oculto), Un dios salvaje (Carnage, 2011, basada en la obra teatral de Yasmina Reza –obra que recorrió los teatros de Nueva York y Londres, de Madrid y Buenos Aires–), cuenta la historia de dos matrimonios que se reúnen para hablar y aclarar un episodio: la pelea de sus hijos en el parque, donde uno le arrancó dos dientes al otro, al golpearlo con una rama.

Así, Kate Winslet y Christoph Waltz (los padres del “violento”), y Jodie Foster y John Reilly (los padres de “la víctima”) comenzarán con un civilizado encuentro en la casa de estos últimos para redactar una nota aclaratoria de lo sucedido –donde aparece una primera “diferencia descriptiva”: si el niño “iba armado” con una rama, o simplemente “llevaba” una–. Pero luego, alguna palabra, algún gesto, comienza a provocar “la permanencia” de la situación, desarrollándose una escalada de discusiones y terminando todo en un enfrentamiento que, imparable, significará por momentos una “guerra de todos/as contra todos/as”.

Polanski, especialista en “lo claustrofóbico”, en el misterio, el horror y la alienación, se jugó a retratar cómo las miserias humanas emergen tras la “educación” de la “civilización occidental y cristiana”. Incluso, que haya cambiado de registro –el “misterio” por el ácido humor–, significaba toda una apuesta para su reconocida trayectoria: podría surgir algo más que interesante.

Pero no: Un dios salvaje es apenas “teatro filmado”. Y, fundamentalmente, un no entrar al fondo de los problemas y conflictos planteados.

Aun con buenas actuaciones (aunque Winslet no tiene el mejor papel para lucirse, Foster por momentos exagera –y exaspera–, y Reilly sale “demasiado chambón”), y con buenos planos, con un libro que desnuda la hipocresía de la clase media norteamericana –y por qué no, la de cualquier país–, Polanski no se juega, y se queda, sencillamente, en la mera superficie de las cosas, desperdiciando una excelente posibilidad de desgarrar los velos de la vida cotidiana.

Porque si el personaje de Waltz, un abogado que defiende a un gran laboratorio implicado en una denuncia por un medicamento, no provoca la ira completa de Reilly –quien se entera por teléfono de que su madre, ¡justo!, lo está tomando–, algo no está funcionando. Porque si apenas está la queja del personaje de Winslet a su abogado-marido porque nunca deja su celular, e interrumpe cualquier situación en pos de atenderlo, algo falta. Porque si los personajes de Foster y Waltz discuten acerca del África, acerca de –para decirlo en términos sarmientinos– “la civlización & la barbarie”, sin embargo no se desarrolla ninguna crítica fundamental a la  hipocresía “de occidente”, ni ninguna otra crisis considerable. En definitiva, hablamos acá una vez más de una buena idea desperdiciada –como ya ocurrió, por ejemplo, con la última película de Moretti, donde se prometía un duelo entre psicoanálisis y religión, pero que nunca ocurrió–.

Un dios salvaje derrocha gran cantidad de clichés, chistes e ironías completamente previsibles. Es, apenas, una película para pasar el rato –y que por suerte no llega ni a dos ni a una hora y media: apenas 75 minutos–. Compararla con La soga de Hitchcock no tiene mucho sentido –si es por la “escena continua”–, y menos con El ángel exterminador de Buñuel… sólo por la similitud con el “mecanismo” de que los personajes no pueden abandonar la habitación: acá hablamos, simplemente, de una comedia light, repleta de expresiones y situaciones (harto) gastadas.

Parafraseando al escritor y periodista ya fallecido Tomás Eloy Martínez, podemos decir que todo “lugar común” significa “la muerte”… del arte. Y en este caso, del buen cine que uno espera (siempre) en Polanski.



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