“Leonard” (Hermann Bellinghausen)

Leemos: Bien extraño que resulta que ahora esté en boca de todos porque lo condecoró la realeza española, que qué puede saber de estas cosas. El gambito de los príncipes oportunistas no debería poner serio a Leonard Cohen (1934). No a él, rey del cool, asceta, triste y esteta en la lumbre de su crudeza. La ironía como relámpagos. Eso le bastó para convertirse en un artista significativo del fin de siglo. Muy al modo moderno, desde el show bizz y su espacio sonoro. Ya era novelista prometedor, y poeta en estado puro con obras memorables como Flores para Hitler La caja de especias de la Tierra, cuando en 1966 dio un giro radical a su persona.

En poco tiempo había escrito dos novelas estupendas: El juego favorito Hermosos perdedores, esta última precisamente de 1966, igual que Suzanne, la canción donde comienza el Cohen definitivo. Perdimos al escritor: no volvió a la narrativa, dejando dos rabiosas, divertidas y trágicas historias con el aliento de Henry Miller y la inventiva de Georges Bataille.

Hijo de clase media acomodada e ilustrada, salió de su natal Montreal a merodear revoluciones en Cuba, triunfante, y Grecia, aplastada. Perdió sus pasos en París y Nueva York, vio crecer el fenómeno Bob Dylan y se dijo: si él canta sus poemas, ¿por qué yo no? Produjo su primer disco, el célebre Songs of Leonard Cohen (1967), y optó por habitar los escenarios como cuartos de hotel (no todos nacen con voz de oro) y se dejó llevar.

(…) Pasajero habitual de las obsesiones de judío con culpa y sin Freud, tuvo debilidad por el martirologio de las vírgenes cristianas (Juana de Arco, la santa mohawk Catherine Tekawita). Fascinación perversa por el verdugo nazi. Misticismo insuficiente, por mucho zen que invirtiera. Siempre cantor del amor profano. Sugerente, ladies man confeso, extranjero en tránsito con un horario de trenes a la mano y una manera filosa de decir la verdad carnal, aun mintiendo. Pero como declara en la grabación reciente de un concierto en Londres (2009), ya probó de todo: prozac, paxil, bifexor, ritalin, focalin; también extenuó la filosofía de las religiones. Y no le queda sino confesar que no hay curación para el amor (There Aint’t No Cure For Love).

Completo acá.



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