¿Un complot de silencio?

Por motivos que no vienen al caso contar, me encontraba un sábado a la mañana –¡de sol radiante!- en Parque Rivadavia.

Esperando.

Leyendo.

Estaba con En estado de memoria, de Tununa Mercado.

Imbuido en ese fluir de la memoria inteligente y sensible que es ella, su libro –no exento de humor-, tuve una “experiencia” con gente de la llamada “tercera edad”.

Me había sentado en un banco vacío, con un buen árbol detrás que me daba sombra –el sol, a poco de estar bajo sus rayos, comenzaba a hacer transpirar- y, al rato, cosa nada sorprendente, se sienta una señora a mi lado. Casi casi, que me pide permiso; se sienta despacito y no me mira. Al rato la empiezo a mirar yo. Entonces ahí sí me mira. Le sonrío también. Y entonces (me) larga:

-¿Sabés lo que me pasa? Justo hoy no traje ningún libro. Siempre es igual: cuando traigo un libro, me encuentro seguro con algún conocido o amiga; cuando no traigo nada, estoy sola y termino así…

A lo que agregó: “Tengo una hermosa biblioteca, que era de mi marido”.

Esto me llevó de inmediato a pensar que la mujer era viuda –aunque podría no ser así: el “era de mi marido” no tenía por qué, obligatoriamente, demostrar que el dueño de esa “hermosa biblioteca” hubiera fenecido-. Podría ser, entre otras posibilidades, que el mismo hombre, motu proprio, se hubiera separado de la mujer, y que ella, por medio de una lucha y/o hábil maniobra (o simplemente por un pedido o desidia del marido para con su “tesoro cultural” –si se me permite esta insípida definición-) la hubiera conquistado (a la biblioteca, como propiedad). Eso pensé. Y también que tenía una muy buen excusa para justificar lo que ella –creía- me robaba: minutos de lectura. Pero al mismo tiempo que cometía ese (creía ella) acto, se hermanaba conmigo en un rubro: el de los lectores (rubro tan amplio -como suele decirse- como son de insondables “los designios del señor”…). De mi parte, en ningún momento sentí que estaba siendo interrumpido o arrastrado, obligado a perder el tiempo: más bien estaba interesado en oírla; por eso “la busqué” con la mirada…

Tras algunos breves comentarios que intercambiamos (no me animé a preguntarle si era viuda; y por las cosas que me contó no llegué a poder deducirlo con algún grado de certeza) se fue; y, se me ocurrió entonces “parar la oreja”: atrás mío estaba, además del gran árbol que daba sombra, una carpita amarilla. Del PRO. De Macri & Cía.

Y resulta que estaban –en paralelo con la toma de presión- explicándoles a unos abuelos que se arrimaron, en qué consistía ese “servicio” del gobierno de la CABA:

Gimnasia (y ahí estaban unas quince personas en un pastito verde, acostadas, moviendo brazos y piernas);

Toma de la presión arterial (en una libretita –amarilla también- muy muy chica, donde se anotan las cifras –y a la espera de un diagnóstico o evaluación médica- en algo, al parecer, casi imposible de leer para cualquier persona grande);

Y, por último, un “servicio” que me hizo pensar, con asombro (y cierta esperanza intrigada), qué sería: hablaban de un “Taller de memoria”.

“¡Fuá…!”, pensé. “Debe ser algo groso. Con ese nombre…”

Claro, la resonancia proustiana de esa instancia ofrecida me hacía pensar en un complejo juego, para quienes se arrimaran (y animaran) a él…

En eso estaba –pensando en cuán “proustiano” podría ser ese taller- cuando apareció un señor. Que se me sienta al lado y me muestra –éste fue su “entre”-, contento, que había ligado dos sobrecitos con pan lactal (cada sobrecito contenía dos fetitas de pan), que estaban repartiendo promotoras  (“unas chicas”, las llamó él) en la esquina.

Simpático el hombre, macanudo (me parecía). Y lo pruebo: le pregunto:

-¿Y, ya se tomó usted la presión?

Y me dice:

-No. Vine a acompañar a mi amigo. Él se viene a tomar la presión…

No me equivocaba: era un hombre macanudo (lo demostraba al acompañar a su amigo los sábados –o al menos ese sábado, en el que ocurrió lo que aquí relato- para que se tomara la presión). Sin embargo me decía:

-Pero… vos leé tranquilo.

Y su cara, su expresión, sus gestos, indicaban: “No te quiero joder en tu actividad. En lo más mínimo”.

Lo que me hizo reflexionar: “Qué respeto hay aún por la lectura. ¿Será respeto por el conocimiento que, se supone, trae aparejada la misma? ¿Será porque creen –y lo pensaba en plural, porque ya dos veces había sentido que mi actividad en ese banco era un “factor de peso” para con el entorno- que estoy estudiando, y que por lo tanto necesito –y para ellos entonces es casi como un deber dejarme en este estado- estar solo, ‘aislado’ del mundo? ¿O es algo más… otra cosa?”

Y en eso venir un señor, que mira al que yo tenía al lado (el que estaba llegando era, en apariencia, más grande que mi acompañante, ya que estaba en peor estado físico: caminaba muy despacio… y claro, se tomaba la presión y era acompañado por otra persona…).

Le pregunto a mi compañero (ocasional) de banco:

-¿Ése que viene ahí es su amigo?

-Sí –me dice, rápido-. Hay cosas peores…

Y de inmediato se levanta para ir a su encuentro.

Se van juntos y sigo pensando que…

-¡Chau! ¡Que te sirva de mucho el libro! –me dice.

¡Otra vez el respeto por el arte, la cultura, la educación, el pasatiempo o la mera transmisión de información! Pero luego de esta pequeña sorpresa (el saludo amable… amigable si se quiere), sigo pensando:

“Al que madruga…”

“Haz el bien…”

-¡Pero qué hijos de…! –me digo.

Resulta que el mencionado taller consistía en… ¡hacerles completar refranes, y hacer sopas de letras! De entrada nomás me indigno. Pero luego traté de “carburar” y razonar un poco. Después de todo ¿no era mejor que les den algo a nada?

Pero no.

Me parece que no.

¿Por qué nuestros abuelos tienen que recibir una miserable “ayuda” del Estado de parte del gobierno de la Ciudad? (Hablamos de un gobierno que, además de enrejar plazas y parques, monta una policía que espía a los estudiantes que son solidarios con los trabajadores en lucha, y que reprime ferozmente, como lo hizo con trabajadores e inmigrantes en Parque Indoamericano junto a la Federal.)

¿Por qué tienen que vivir, el 75% de ellos, cobrando “la mínima”? (Miserables 1.300 pesos, por decisión de un gobierno nacional que vetó el 82% móvil –cuando la reyerta parlamentaria con la demagógica “oposición” derechista-, y que prioriza el pago de millones de dólares al FMI y al Club de París.) ¿Por qué?

¿Por qué?

Digamos la verdad: el estado en que el Estado (¿sos?)tiene a nuestros abuelos habla de la moral de una sociedad y sus estratos dirigentes. Así como dan vergüenza (ajena) las terribles noticias de los niños y niñas muertos por desnutrición en una comunidad de Salta, también es vergonzoso el terrible abandono que soportan nuestros viejos y viejas. Una vida sórdida, en malas condiciones, abandonados en muchísimos casos.

Se me dirá: “Bueno; pero hay ahora toda clase de servicios para los viejos. Yo lo ví en la tele”. “¿Ah… sí? ¿Cuáles?”, pregunto yo. “Y… viajes de vacaciones, centros de descanso y rehabilitación, cenas, ropa, deporte. De todo…”, se me contestaría.

Pues bien: eso no resuelve nada.

Es sólo un “nicho de mercado”: productos que se ofrecen a este sector –llamado “de adultos mayores”- de potenciales consumidores (un sector más bien pequeño, con una mayoría de más bajos ingresos que el del “adulto-joven”, de mayor “dinámica consumista”). Pero el que no tenga el bolsillo para pagarlo –y ya dijimos cuán poco ganan unos cuántos viejos: las tres cuartas partes “la mínima”, que no llega a 1.300 pesos-, nada. Así es: nada: no hay consumo ni felicidad; según la ideología masificada en “sentido común”, durante los últimos 30 años de neoliberalismo o “restauración” conservadora.

(Al respecto vale atender la nota de Liliana Viola, “Relajación temprana”, en el suplemento Las 12, que informa la nueva moda: spa para niñas. Una moda de los países imperialistas como Gran Bretaña, que ya llegó aquí, para los sectores altos y medios, y que es algo así como una contracara de puro presente y juventud a mostrar (buscar) ante el paso del tiempo. Dice: “Adultos y niños entendidos como objetos vulnerables a cada situación pero con el recurso en la manga (y el mango) de adquirir reparadores, paréntesis en la vida real, un ritmo aletargado en contraste con el apuro de estar a la altura del mercado, las circunstancias, y bien pago, por supuesto. […] la palabra ‘relajación’ encubre toda una batería de atención personalizada, contratación de servicios y profesionalización de la belleza. La buena salud, que desde hace un buen rato viene asociada a estatus y a estética, se hace presente con unas vitrinas llenas de botellitas de agua y la oferta de una ‘dieta saludable’ para las que opten por pasarse un día entero acá.” ¡Brutal y sutil imposición del machismo y el patriarcado desde la niñez a favor de la heteronormatividad! and good business…)

Desde un punto de vista objetivo, esto, el crecimiento del sector de los “adultos mayores”, es estructural y mundial: las estadísticas y proyecciones para el año 2015 hablan de más de un 8% de población mayor a los 65 años para los países de la periferia capitalista, y hasta un 20% para los llamados “países desarrollados” (Alemania, Italia, Japón. Estados Unidos tiene hoy un 13% de su población en esta franja etaria). Un científico admitió: “la longevidad global está cambiando la naturaleza social y económica del planeta y presentando retos difíciles”.

No sólo las futuras generaciones (los niños y niñas) son importantes (el futuro), y un índice del estado de la sociedad que tenemos. También las relaciones con las generaciones que nos van dejando indican mucho de nuestra salud moral. Moral hoy desbordada por la cultura narcisista del ciudadano-individualista-consumidor. La esencia es ahora la apariencia: qué y cómo consumís, determina qué o quién sos.

Hace poco un amigo –con quien tengo largas y peliagudas discusiones- escribía (él ya pasó los 80 años) que a los viejos, en su mayoría, se los tiene arrumbados, olvidados, dejados de lado. Que nadie les presta atención –salvo excepciones en que sí se los escucha, se les presta atención, como ocurre con el mismo Noé-. Y tiene razón. Completamente. Dice que el viejo “como en principio es un sobreviviente que no tiene mucho interés o es una carga o se repite o se enferma o no puede valerse pareciera que no vale la pena establecer ese contrato [prestarle atención] a menos que el anciano sea muy interesante, aunque, a decir verdad, eso es poco frecuente, viejos caducos, aunque no sean desechos sociales, son legión, viejos productivos, mentales, atractivos, son más raros pero los hay, desde luego que los hay”.

Por todo esto vale recordar acá algunas cuestiones que Simone de Beauvoir escribió en La vejez, un libro comenzado en 1967 y publicado en 1970, ahí nomás de la efervescencia juvenil del Mayo Francés –que junto a los 10 millones de trabajadores en huelga fueron parte del último gran ascenso de luchas anticapitalistas y antistalinistas en 1968-’81-.

Allí, en ese trabajo sumamente documentado –que incluye la situación de la “tercera edad” no sólo en Francia sino en los Estados obreros burocratizados-, Beauvoir señala que, “para la sociedad, la vejez parece una especie de secreto vergonzoso del cual es indecente hablar”. Y aclarando que el interés de los explotadores radica en que no haya comunicación entre los trabajadores y los “improductivos”, explica una brutal paradoja que hay –que se suele tener- para con ellos: “Si los viejos manifiestan los mismos deseos, los mismos sentimientos, las mismas reivindicaciones que los jóvenes, causan escándalo; en ellos el amor, los celos parecen odiosos o ridículos, la sexualidad repugnante, la violencia irrisoria. Deben dar el ejemplo de todas las virtudes. Ante todo se les exige serenidad; se afirma que la poseen, lo cual autoriza a desinteresarse de su desventura. La imagen sublimada que se propone de ellos es la del Sabio aureolado de pelo blanco, rico en experiencia y venerable, que domina desde muy arriba la condición humana; si se apartan de ella, caen por debajo: la imagen que se opone a la primera es la del viejo loco que chochea, dice desatinos y es el hazmerreír de los niños. De todas maneras, por su virtud o por su abyección se sitúan fuera de la humanidad. Es posible, pues, negarles sin escrúpulo ese mínimo que se considera necesario para llevar una vida humana”.

Insistiendo en una idea que hago mía: “Que durante los quince o veinte últimos años de su vida un hombre no sea más que un desecho es prueba del fracaso de nuestra civilización”, Beauvoir dice: “la oposición de explotadores y explotados crea dos categorías de ancianos: una extremadamente vasta, la otra reducida a una pequeña minoría. Todo alegato que pretenda referirse a la vejez en general debe ser recusado porque tiende a enmascarar este hiato”.

Un “experto” del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales predice: “Cuando llegue al 2020 gran parte del mundo desarrollado entrará en una era de crisis fiscal, con un estancamiento real a largo plazo en su crecimiento económico y habrá desagradables batallas por reducir los beneficios de las personas de edad avanzada”. ¿No es algo que ya se ha visto, que llegó antes del 2020: los planes de ajuste (fiscal) y desmantelamiento del “Estado de bienestar” en Europa? ¿“Batallas” que estamos viendo los últimos años no sólo en Francia e Italia, sino también en Bélgica, Portugal y Grecia, con los planes de aumento de la edad jubilatoria?

Entonces ¿no es hora que las generaciones más jóvenes, de trabajadores y jóvenes de izquierda, reflexionemos entonces acerca de esta problemática, desde y con todas sus implicancias?

Como recuerda Hazel Rowley en su Sartre y Beauvoir. La historia de una pareja, a pocas semanas de aparecer La vejez, los críticos franceses “destacaron que había vuelto a enfrentarse a un tabú social; una vez más, había roto la conspiración del silencio”.

Deberíamos imitarla.

Y luchar.

Por nosotros.

Y por ellos.


3 comentarios on “¿Un complot de silencio?”

  1. SAbry dice:

    Muy buenas tus reflexiones acerca de la llamada Tercera Edad! Este articulo hizo que reflexione acerque de dos cuestiones, pareceria que lo denominado como tercero, seria lo menos productivo, lo que le agrega menos valor a las cosas, como decir los paises del Tercer mundo! Y pensar que en las sociedades antiguas tanto americanas como europeas, los viejos eran considerados los sabios, los consejeros del poder! Por otro lado, con respecto a la jubiliacion minima, mas alla de demostrar el nivel moral de la sociedad, demuestra, que una persona que trabajo toda su vida, y pago la jubilacion de una generacion anterior de trabajadores, viva los ultimos 20 a;os de su vida llana de carestias, es a las claras una muestra de que los gobernates Modernos, a pesar de maquillarse de progresistas, siguen enriqueciendose a costa de nuestros abuelos trabajadores!!!

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  2. Esa Hereje Insoportable dice:

    Y es una buena ocasión para resaltar que suelen ser lxs abuelxs quienes se acercan con facilidad a charlar un rato con un completo desconocido y también son quienes suelen felicitar a lxs jóvenes que “agarran” leyendo en algo que parece ser/es, su tiempo libre.
    Y respecto al “respeto por la lectura”, a mí también me parece que es el respeto por la cultura, pero también pienso que se combina con un poco de nostalgia por el modelo de joven de algunas décadas atrás (Se me hace muy común escuchar a octogenarios con reflexiones sobre la juventud como ésta: “el/la jovencito/a disciplinado/a, “bien educado/a” era el/la respetado/a, el/la admirado/a; no como ahora, el atorrante que sólo necesita comprarse estupideces a la moda para ser admirado y respetado”… tener para ser).
    Y yendo al tema de la tercera edad en la sociedad. Sí, me parece que desatendemos bastante la cuestión de la tercera edad, y que sería muy bueno no acordarnos de ella recién cuando nuestra piel, ya toda plisada, nos anuncie que ya no somos parte de “la juventud”.
    Pero, como este mismo post (muy bueno, por cierto, se nota que te tomaste tu tiempo para hacerlo) hace notar, la división de clases también atraviesa a La Tercera Edad, y por ello no puedo, ni quiero, ni debería, evitar recordar al “abuelito” explotador de Jujuy, Blaquier, a quien Cristina, a diferencia del mísero aumento para jubilados y las dádivas que tira para que sobrevivan unas decenas más de abuelos de Palpalá a través del comedor del Pami, le permite no pagar impuestos por diez años a través de la Ley de promoción de Biocombustibles.
    Blaquier, este explotador y genocida abuelo Kristinista, se puede dar el gusto de tener todos los excesos de un joven de hoy, y no es juzgado ni moralmente ni de ningún otro modo, como lo podría ser cualquier abuelo del pueblo pobre que puede morir de pulmonía en invierno por no tener para comprar una frazada o puede morir explotado (En mi barrio puedo ver a abuelos que trabajan, en negro, claro, porque la jubilación no les alcanza para los remedios, y otros tantos que se resisten a jubilarse porque saben lo que les espera si dejan de ser “productivos”, por ejemplo).
    Blaquier, públicamente un admirado y respetado abuelo mimado del capitalismo; y otra vez, nuestros abuelos de la clase trabajadora se enfrentan con un sistema que les dice “Tener para ser, tener para ser”.
    Y hablando de la memoria, por suerte, me olvidé qué más quería decir.
    Saludos!

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  3. […] y hablando, en este fragmento, de un tema al que nos hemos referido en este blog, en dos posts: acá y acá. Share this:Correo electrónicoTwitterDiggFacebookMásLike this:LikeBe the first to like […]

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