John Berger (V)

El infierno lo inventaron los ricos; su objetivo era distraer la atención de los pobres para que no pensaran en sus desgracias presentes. En primer lugar, mediante la amenaza repetida de que podrían estar mucho peor. Y en segundo lugar, mediante la promesa de que los obedientes y fieles podrían gozar en la otra vida, en el Reino de Dios, de todo lo que la riqueza puede comprar en este mundo y más.

Sin el recordatorio del infierno se habrían criticado más abiertamente las demostraciones de riqueza de la Iglesia y su poder inexorable, porque es evidente que se oponen a las enseñanzas del Evangelio.

El infierno confería una especie de santidad a la riqueza acumulada.

El castigo hoy va más lejos. Ya no es necesario invocar las penas del infierno en la otra vida, pues en ésta se está construyendo un infierno para los excluidos, y lo que proclama es lo mismo: que sólo la riqueza da sentido al hecho de estar vivo.

 

John Berger, De A para X. Una historia en cartas, Bs. As., Alfaguara, 2009 (ed. original 2008), p. 123.



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