El exilio y el reino (de la mentira y la muerte)

Otra novela sobre Trotsky, su asesino y el destino de la revolución

 

 

-¿Alguna vez has oído hablar de Ramón Mercader?

-No –admití, casi sin pensarlo.

-Es normal –musitó el otro, con un convencimiento profundo y una pequeña sonrisa, más bien triste, en los labios-. Casi nadie lo conoce. Y otros hubieran preferido no conocerlo. ¿Y qué sabes de León Trotski?

Yo recordé mi contacto fugaz con el nombre y algunos momentos de la vida de aquel personaje turbio, medio desaparecido de la historia, impronunciable en Cuba.

-Poco. Que traicionó a la Unión Soviética. Que lo mataron en México –rebusqué un poco más en mi memoria-. Claro, que participó en la revolución de Octubre. En las clases de marxismo nos hablaron de Lenin, un poco de Stalin, y nos dijeron que Trotski era un renegado y que el trotskismo es revisionista y contrarrevolucionario, un ataque a la Unión Soviética…

-Veo que aquí os enseñan bien –admitió López

Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros (ed. Tusquets, 2010)

 

 

El reconocido escritor cubano de policiales ha logrado, introduciéndose en los grandes dramas (políticos, intelectuales, sociales y militares) del siglo XX, una impactante obra. Una obra que retrata desde acontecimientos “externos” y más o menos conocidos (la revolución rusa de 1917, el fascismo, la guerra civil española, la II Guerra Mundial) hasta los más “íntimos” y “personales”, reconstruyendo la subjetividad y voluntad activas de los personajes/protagonistas que relata. Padura ha hecho mucho más que una mera “novela histórica”: ha penetrado en el mismísimo nervio de los grandes combates (revolucionarios y contrarrevolucionarios) de la historia, pensando seguramente en la propia: la de su Cuba burocratizada; el destino del Estado obrero nacido en 1959.

La novela, de casi 600 páginas impecablemente llevadas, descansa sobre un trípode narrativo; aunque hay dos ejes centrales: la vida y acción de León Trotsky y sus seguidores, desde su destierro del Estado obrero a fines de los ’20, y el de Ramón Mercader, militante del PC cooptado para los servicios secretos stalinistas a inicios del proceso revolucionario en España (donde participará –junto al tristemente célebre stalinista argentino Vittorio Codovilla- del asesinato del dirigente del POUM, cercano por momentos a Trotsky, Andrés Nin).

Lo que hará de (nueva) conjunción a estas dos historias que, indefectiblemente se unirán a fines de los ’30 en México será la del escritor frustrado Iván, cuando a fines de los ’70 conoce en las playas de Cuba a un hombre con dos galgos rusos, y comenzará a revelarle a Iván la historia del asesino de Trotsky.

Iván era una “promesa” como joven literato y, similar a lo que ocurre con el personaje del escritor checo Milan Kundera en La broma, Ludvik, comenzará a ser defenestrado y castigado por el burocrático partido en el gobierno: en este caso el castigo no será por una carta con una broma a la novia que diga “¡Viva Trotsky!”, sino por expresar sus propias opiniones ante el “desplazamiento” de dos docentes: Todo empezó cuando me atreví a comentar, en el círculo de amigos, que había otros profesores a quienes, gracias al carné rojo que llevaban en su bolsillo, se les permitía seguir dando clases cuando todo el mundo sabía de sobra que eran más incapaces docentemente que los trasladados por ser religiosos, y que había otros, también sobrevivientes y portadores de carné, con más pinta de maricones y tortilleras que las dos profesoras fumigadas”.

Su “destierro interno” a una provincia remota, a escribir folletos de veterinaria, permitirá sin embargo que descubra a este “López” (rápidamente sospechado por los lectores y el propio Iván como Mercader) y conozca la historia. Habrá a lo largo del libro descripciones de los períodos y momentos en la isla; un aludir constante (implícito o explícito) a la burocracia: como cuando se cierra un capítulo con Iván y su novia moribunda en los ’90 y éste le confiesa sus encuentros con López/Mercader: ella le dice que por qué no escribió un libro con semejante historia e Iván le dice “No lo escribí por miedo”.

El terror a la burocracia cubana es el mismo (o peor) que a la stalinista en Rusia: Padura describe (a veces minuciosamente) los grandes combates de Trotsky contra una burocracia que se alza ante la sociedad rusa como árbitro inapelable (suicidio del gran poeta Maiakovski incluido); y cómo –además de las montañas de mentiras, calumnias y difamaciones del aparato stalinista contra el compañero de Lenin- hay una verdadera “guerra interna” en el Partido bolchevique contra toda la “vieja guardia” militante. Esto, acompañado con traiciones gigantes a escala mundial, como la de la guerra civil española o ante el ascenso del fascismo en Alemania. El registro dramático de Padura logra unificar monumentales hechos como los mencionados y los (para nada) “pequeños” golpes que reciben Trotsky y sus seguidores: como cuando una de sus hijas, Zina, se suicida, “proscrita por la única culpa de ser parte de su familia”: “Para su dolor, Liev Davídovich (Trotsky) debía reconocer que tan culpable de la muerte de Zinushka era Iósif Stalin como los supuestos comunistas que, en el Congreso partidista recién clausurado, lo proclamaban, en un desbordamiento de desvergüenza, ‘Genio de la Revolución’ y ‘Padre de los Pueblos Progresistas del Mundo’, mientras millones de campesinos morían de hambre en todo el país, cientos de miles de hombres y mujeres languidecían en los campos de trabajos forzados y en las colonias de deportados, millones de personas vagaban sin zapatos, y la política soviética ofrecía el destino de los obreros alemanes y europeos a la voracidad nazi.

Las secretarias prepararon las copias que al día siguiente salieron hacia Moscú y para los periódicos, partidos y agrupaciones políticas de Europa. Liev Davídovich confiaba en que la muerte de Zina tuviera la resonancia que no logró el asesinato de Blumkin, la capacidad de conmoción que no había generado su propio destierro… Pero, otra vez, la Historia vino a gritarle en los oídos, y el eco de acontecimientos más atronadores sepultó sus esperanzas, pues al tiempo que sus cartas salían de Prinkipo, una ola de justificado temor recorría Europa y el mundo: Hitler se había proclamado canciller de Alemania y las banderas fascistas inundaban el país entre vítores de millones de alemanes. Berlín era la ciudad de un Hitler vencedor, no la de una joven comunista proscrita y suicida”.

Padura ha realizado una importante lectura de muchísimos textos conocidos (teóricos, políticos, históricos) para lograr una completa “reconstrucción de época” en su novela. Este –para decirlo teatralmente– “material de utilería” es valiosísimo: no sólo permite introducirse en el drama de la época (social e individual) sino que permite, una vez más, volver a lo que fueron los combates pasados para pensar (y preparar) los futuros –aunque sería bueno sin las perspectivas del novelista-.

 

La narración y el narrador: a la derecha con Deutscher y por izquierda contra Fidel

Porque Padura, que hace una crítica a la burocracia cubana vía la crítica al stalinismo (y en este sentido es otro artista que, como Pablo Milanés o Silvio Rodríguez, se refiere al tema de manera crítica), es profundamente escéptico sobre las alternativas a la misma. Porque él, al igual que muchísimos artistas y escritores de décadas pasadas, toma a Trotsky únicamente como un “personaje trágico”.

La mayoría, inspirados en la monumental trilogía biográfica escrita por Isaac Deutscher a fines de los ’50, habla de Trotsky como un “profeta desarmado y desterrado”: sin posibilidades reales de ser alternativa al stalinismo (Deutscher opinó que fundar la IV Internacional en 1938 era un acto de “voluntarismo”). Y esto en la realidad no fue así: el trotskismo fue la única corriente militante organizada y preparada por el mismo Trotsky –incluso dentro de la URSS- para intervenir activamente durante la II Guerra Mundial y la posguerra; cosa que se hizo, contra a la persecución –ya previa incluso- del stalinismo y el imperialismo juntos. Todo el trabajo analítico y político, programático y organizativo (que Padura consciente o inconscientemente deja entrever) no vale nada para el final de esta historia, que termina con un amargado escritor amigo de Iván pensando que todo, todo, es un completo fracaso.

El logro literario de Padura es proporcional a la desesperanza que va in crescendo, desde el inicio, hasta el final de la novela.

 


5 comentarios on “El exilio y el reino (de la mentira y la muerte)”

  1. […] de El hombre que amaba los perros, del reconocido escritor cubano Leonardo Padura –novela sobre Trotsky, su asesino y la realidad cubana de las últimas décadas-; donde circulan ediciones apócrifas y la española del sello Tusquets; y donde la presentación […]

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  2. […] de El hombre que amaba los perros, del reconocido escritor cubano Leonardo Padura –novela sobre Trotsky, su asesino y la realidad cubana de las últimas décadas-; donde circulan ediciones apócrifas y la española del sello Tusquets; y donde la presentación […]

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  3. […] La figura de Trotsky transciende por mucho el ámbito de la propia izquierda y seduce a biógrafos, escritores y políticos de la más variada índole. Hasta Aguinis (autor de Pobre patria mía, que no pierde […]

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  4. […] [3] Respecto a esta la novela de Padura pueden leerse las reseñas “Trotsky: el espectro de la revolución” y “El exilio y el reino (de la mentira y la muerte)”. […]

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  5. […] [3] Respecto a esta la novela de Padura pueden leerse las reseñas “Trotsky: el espectro de la revolución” y “El exilio y el reino (de la mentira y la muerte)”. […]

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