Pongamos que hablo de Caparrós

Hasta hace una semana, diez días, se discutía en la “blogósfera K” el “tema Caparrós”. Hoy fue sustituido por las discusiones sobre las declaraciones de Lanata en su programa de cable, donde se ubicó muy a la derecha al sostener, entre otras cosas, que el hecho de que los estudiantes secundarios pidieran “fuera Macri” era poco menos que estúpido, en un discurso completamente despolitizador.

 

 

Pero volviendo a Caparrós, tenía que ver el asunto con las declaraciones de este hombre en un reportaje en TN, donde decía que lo que importaban eran “los derechos humanos hoy” y que había que dejar de hablar de “los ‘70”.

Si sólo nos quedamos ahí, pues, tendremos una postura con muchos puntos de contacto con las declaraciones hechas por el autor de esa (cosa aberrante llamada) novela, editada por Alfaguara, Muertos de amor.

Pero hete aquí que, si dejamos de lado la “novedad editorial” del hombre de bigotes-manubrio de bicicleta (sus relatos acerca de la pobreza mundial -¡vaya progre!- bancados por la ONU), y posamos nuestra atención en su anterior novela, podremos comprender un poco más su postura ante el kirchnerismo, los derechos humanos y la “militancia” –gubernamental- hoy. Me refiero a la novela, aparecida en 2008, A quien corresponda.

Aquí entonces, haremos entonces un cruce entre literatura y política (vida), que puede ser bastante productivo.

 

¿Qué es el kirchnerismo?: un “setentismo”… trucho

Allí, la novela, tenemos al atribulado personaje, Carlos/el Colo (ex monto, con su compañera Estela –y posible hijo/a- desaparecida/os), charlando con Juan, ex compañero suyo y hoy (es evidente que se habla del período presidencial de Néstor K 2003/2007) ministro de gobierno. Ya en las primeras páginas (16, 17), tenemos una clara crítica al kirchnerismo y al “tema” derechos humanos.

Dice Carlos ante una “oferta” de “Juanjo”:

“-¿Con ustedes en el gobierno? Vos estás loco. Yo jamás trabajaría para tu gobierno.

-Colo, no seas boludo. Están todos, metete vos también. Es como en nuestros tiempos, sólo que más tranquilo y se pueden hacer cosas…”

Dice Carlos/el Colo:

“De pronto se me ocurrió que quizás le molestara que me quedase afuera: que conservara mi derecho a criticar. Que lo tranquilizaría que yo estuviera adentro, en el mismo barro: una manera de callarme.

-Vale la pena, Colo, en serio. Si nunca pensamos que fuéramos a tener otra oportunidad… (…)”

“-¿Otra oportunidad de qué, Juan? ¿De llenarse la boca con boludeces sobre los desaparecidos y seguir haciendo lo mismo que todos los demás? ¿De hablar de los muertos heroicos para justificar que siguen vivos y no hacen un carajo”. (…) “… de todo lo que los muertos querían hacer? ¿De usar los setentas para tapar lo que no pueden ni quieren hacer ahora? (…)

“-Se la pasan hablando de los setentas en vez de ocuparse del presente, del futuro. Usan ese pasado para glorificarse: no se crean, nosotros no somos lo que ven, nosotros no somos nosotros, nosotros somos lo que fuimos hace treinta años y no tuvieron la posibilidad de hacerse otros –como nosotros”.

Acá Caparrós –y ojo, sin embellecer a este periodista y escritor- hace la crítica de cómo, de buscar el socialismo con la lucha (y con las armas) en los ‘70, muchos pasaron a buscar… la gestión del Estado capitalista “realmente existente”. Es decir que hay una crítica a la administración kirchnerista por su setentismo trucho.

(Mención aparte merece el balance –parcial, sin duda- de los ’70 que hace Caparrós: su personaje “estaba embarcado en un error tremendo.

Es raro. Ya entonces era raro pero ahora, pasados más de treinta años, es casi incomprensible que muchos de los jóvenes más resueltos, más animosos cayéramos en la trampa de un milico jubilado: que, decididos a construir el socialismo, siguiéramos a un viejo populista medio facho. Que creyésemos que para conseguir lo que queríamos nos convenía negarlo tanto: fue curioso, nefasto”. Pp. 92 y 93.)

 

Para Caparrós –o para su personaje; en este caso lo mismo da- este es el saldo de la dictadura: los militares

“(…) salvaron a su patria. Consiguieron conservarla capitalista, injusta, bien conchuda, como siempre había sido su patria, como sigue siendo. Ganaron esa guerra y empezaron a armar este país que tenemos ahora; siempre lo he dicho, Estela, aunque te suene raro: el resultado más grave de la dictadura militar no fue que los hayan matado a ustedes, no fueron ustedes los muertos, los desaparecidos; fue este país, la Argentina de ahora” (p. 140).

Se pueden contrastar todas discusiones esto con el “operativo reconciliación” de Néstor y Cristina, en marcha desde los Festejos del Bicentenario (pero igual “caminando” desde 2003), y que consiste en reconciliar a los trabajadores, jóvenes y sectores populares con la institución genocida (como lo ha propuesto 6 7 8), a fin de cuentas garante en última instancia (tal como pasó en los ‘60 y ‘70) del orden burgués ante todo cuestionamiento serio (hablamos de una fuerte lucha de clases).

 

El progresismo como una de las bellas tácticas “envolventes”

Alguien –los mismos “bloggers K”- podrá decir: “¿Pero por qué tanta cosa con Caparrós, este don nadie engreído, egocéntrico…?” Pero resulta que, el mismo kirchnerismo, lo ha cortejado al hombre, invitándolo a 6 7 8 varias veces, discutiéndolo infinidad de veces en los blogs, etc. Lo que sí no han hecho, con superficialidad u “oportunismo mediático” –es decir: tomando sólo algunas declaraciones en reportajes a diarios y programas de TV- es contestar a las críticas por izquierda que hizo, por ejemplo, en ese libro.

Lo que aquí entra a tallar es la discusión sobre qué hacer con el progresismo: está claro que en los ’90, bajo el menemismo, era relativamente fácil “ser progre”. Y que hoy, al tomar el kirchnerismo, desde 2003, una serie de reclamos que eclosionaron con la movilización y lucha de distintos sectores obreros y populares (de desocupados, de organismos de derechos humanos, etc.) desde fines de 2001, se les hizo más difícil a los progres, adoptar una posición clara… más allá de que nunca pasó la progresía (en Argentina y en el mundo) de exigir/proponer la “regulación estatal” como el mejor modus vivendi para la nación.

Eran los tiempos de la “transversalidad”, y muchos (muchas figuras necesarias al kirchnerismo) quedaron fuera. ¿Qué hacer entonces? Darles con un caño, desde la estrategia comunicacional de 6 7 8.

Como lo han explicado la Oliván y Alabarces en su libro recientemente aparecido (6 7 8: la construcción de otra realidad), el programa por excelencia kirchnerista se apropia de una idea vaga, nebulosa, del progresismo: “somos nosotros”, dicen más o menos. Nombran a la derecha en tercera persona (“ellos”), y usan un “nosotros” que incluye difusamente a todos: peronistas, kirchneristas, izquierdistas, ecologistas, “antineoliberales” y podríamos estar muchos renglones más sumando características políticas de distintos sujetos…

Es decir que, mientras no haya alguna clase de crisis que lleve a la derecha del kirchnerismo –unificándose con el resto del peronismo, con un candidato consensuado, como podría ser Scioli-, éste seguirá tratando de asimilarse al progresismo, como forma de “enriquecer” su ADN peronista (captar más votos, por supuesto: único objetivo que puede tener adoptar ciertas políticas dentro del campo –cualquiera sea- burgués).

Y los que queden fueran (los Caparrós, los Lanata)…. Bueno: allá ellos.

 

Para cerrar, ¿derechos humanos?: ayer, hoy y siempre

En vez de “horrorizarse” por los discursos de tal o cual periodista o escritor, los kirchneristas deberían admitir, si se pretenden “progres que hacemos, no progres que se quedan en la denuncia y siempre disconformes”, qué clase de política es el “operativo” reKonciliación con las FF.AA.; o por qué en programas de televisión con bastante audiencia como 6 7 8 hay “doble agenda” (como se señala en el libro ya mencionado): una pública, explícita: contestar a los medios opositores (Clarín, La Nación) y defender la gestión oficial. Y otra, la que se puede llamar “agenda oculta”: la que señala los temas que no se tratan, sobre los que hay un silencio ensordecedor: por ejemplo la muerte del joven Rubén Carballo; y sobre todo, de Julio López, desaparecido tres veces: una de los setenta, otra ahora en democracia (capitalista), y una tercera: de los medios de comunicación (oficialistas y opositores) y del discurso de las autoridades estatales (Cristina incluida). Hablamos en estos dos casos, de vitales temas de derechos humanos que el kirchnerismo calla (un desaparecido en democracia y un –uno de los tantos- caso de gatillo fácil).

¿Algún kirchnerista tendrá algo para decir al respecto?

 

Como se discutió en ArtePolítica, si no alcanza con ser progresista hoy, parece que tampoco alcanza con ser progresista-kirchnerista. Si teniendo a su cargo el aparato Estatal no hacen nada contra los encubridores de los robos de bebés (como acaba de ser noticia con la Policía Federal) ¿hay que seguir esperanzados en las “acciones de gobierno” que, a cuentagotas, “algo hacen”? ¿No será que en realidad son ellos también encubridores de toda esta red represiva/genocida y que, con algunos casos resueltos (motorizados principalmente por la lucha de los organismos de derechos humanos, siempre acompañados por la izquierda) y rimbombantes (como el caso Noble), pretenden “cumplir”?

Será que contra la “furia (burguesa) opositora” hay otra furia –igualmente burguesa e igualmente conformista-: la furia oficialista (que es aquella que prefiere que “baje la desocupación” aunque aumente el trabajo en negro; la que prefiere que “nos vaya bien a todos”… aunque aumente le brecha entre ricos y pobres, etc.).

 

A esta altura está claro: si el progresismo es una truchada, el progresismo peronista-kirchnerista también.


One Comment on “Pongamos que hablo de Caparrós”

  1. […] su último post de Artemuros, nuestro compañero DP mete púa entrandole a la relación entre Caparrós y el kirchnerismo, a […]

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