El oficio de escritor (Noé Jitrik)
Publicado: junio 12, 2013 Archivado en: Literatura, Noé Jitrik | Tags: Literatura, Noé Jitrik Deja un comentario »(…) un escritor no sólo está reducido a lo que escribe: conoce lo que escriben los demás y, de una manera u otra, sea porque lo admite, sea porque lo rechaza u objeta, corrige. Más aún si carga en sus espaldas con una responsabilidad editorial, que equivaldría a un acto de confianza que la corrección exterior deposita en quien supone que ha sido capaz del otro tipo de corrección. Dispongo, en ese sentido, de experiencias concretas y realmente desconcertantes: me he visto obligado a corregir, y a veces a reescribir, decenas de artículos destinados a una obra, una Historia de la literatura, cuyos objetivos, pautas y exigencias parecían haber sido comprendidos por los especialistas convocados. No ha sido sin sufrimiento y ha de haber generado cierto encono por parte de los corregidos, no hay nada peor, por culpabilizante, que haber sido hallado en falta de leso escribir bien. Por lo mismo me costó la amistad de un escritor muy buen amigo que, en irritada disputa, me acusó de “corregir”. Estaba implícito en su acusación que me había arrogado méritos como para hacerlo y que ya me tocaría el turno a mí de ser corregido. Muy reputados escritores, como por ejemplo el célebre Roberto Arlt, por no mencionar al propio Juan Rulfo, padecieron, con gratitud, que les corrigieran, en el caso del primero incluso faltas de ortografía, sin que eso les hiciera perder, a uno ni a otro, su singular empuje. De todos modos, y no sólo es el caso de ellos, se debía estar produciendo un conflicto entre el “escribir bien” como ley externa y el “estilo” como rasgo de personalidad y, por eso, inmodificable, como lo quería el mismo Roland Barthes en su muy conocido El grado cero de la escritura.
Para no quedarnos en el conflicto y de alguna indirecta manera asumir una posición, me parece que, fuera de los abusos y extralimitaciones, fuera del encono o el agradecimiento, las dos posibilidades, “escribir bien” y “estilo”, descansan sobre ciertos ideales o ideologías. Diría que el primero expresa un ideal clásico, el otro un ideal romántico. ¿He optado, en mi experiencia de escritor, por uno u otro? Creo que no, creo que hay que alcanzar un escribir bien sin renunciar a lo propio e irrenunciable del estilo. Tal vez, personalmente, yo lo haya logrado en la medida en que cuando escribo y reescribo, o sea cuando mi solidaridad con mi propio texto se pone en ejecución sin tapujos, me acompaña, como un fantasma, un prurito de concentración verbal, que no me parece que sea en verdad un prurito sino una realidad lingüística, o sea la idea de que la palabra que usamos –o que escribimos– encierra en su perímetro una historia cuyas emanaciones le dan sentido al texto. Creo que sin esa concentración no hay texto aunque haya comunicación, no hay escritura sino información, sea cual fuere su alcance y su consistencia.
Pero como no basta con autodefinirse para calificar la propia experiencia del escribir y hay que obtener un resultado de una reflexión, me atrevería a decir que de la síntesis entre ambos términos, en suma entre lo clásico y lo romántico, toma forma el concepto de “ritmo”, que sitúo en un nivel superior, de resolución de los antagonismos; el ritmo, que debería ser “ritmo propio”, no sólo guía la escritura sino que es reconocible. En el momento en que se reconoce un ritmo se reconoce un escritor y se comprende en qué consiste su oficio o, complementariamente, lo que intenta o pretende como escritor.
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El espacio, el tiempo, el silencio, según Noé Jitrik
Publicado: mayo 14, 2013 Archivado en: Literatura, Noé Jitrik | Tags: Literatura, Noé Jitrik Deja un comentario »Leemos hoy en la contratapa de Página12:
(…) el silencio asalta y el ser humano se sobrecoge; sobreviene una suerte de angustia que se quiere conjurar rápidamente, pero eso también se produce en las casas de las ciudades cuando alguien se queda solo: el miedo al silencio es, entonces, universal, así como lo es el silencio mismo, e inexplicable porque en principio podría ser gratificante, muchos dicen querer buscarlo o lo piden con irritación cuando hay demasiados rumores, pero son los primeros en clausurarlo cuando, por ejemplo, aplauden demasiado pronto, creyendo que lo gratifican, a un ejecutante o cuando sufren porque, de pronto, la conversación entra en un instante de reflexión y todos callan.
¿De dónde procede esa angustia? Yo tiendo a creer que brota porque en el preciso instante en que se produce regresa algo así como la noche prehistórica, vuelve el terror que conmovió al primer hombre cuando la inmensidad lo inundaba y su refugio era insuficiente para protegerse y, sobre todo, cuando llegaba la noche y los rugidos, mugidos, aleteos, vibraciones, declinaban y lo ponían a merced de todo lo que no comprendía de un universo cuya imponencia podía aplastarlo. De ahí, creo, de esa memoria perdida que tiene su residencia en cada ser humano surge, por un lado, el sentimiento de lo sagrado y, por el otro, el más elemental del terror. Ignoro si la necesidad de anularlo que parece ser el signo de nuestras sociedades es una cosa o la otra; sólo me atrevo a pensar que ahí están sus raíces como, por otra parte, la mayor parte de nuestros miedos.
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Una vida, una revolución (Noé Jitrik sobre ‘Mi vida’, de León Trotsky)
Publicado: abril 12, 2013 Archivado en: Actualidad, CEIP "León Trotsky", Ediciones IPS, Historia, Libros, Literatura, Noé Jitrik, Obras Escogidas de León Trotsky | Tags: CEIP "León Trotsky", León Trotsky, libros, Noé Jitrik, Obras Escogidas de León Trotsky, Sarmiento Deja un comentario »La autobiografía, sostenía Sarmiento, postula un ejemplo; el que cuenta su vida no sólo se jacta de sus proezas, de lo que cree que son sus proezas o, en el mejor de los casos, de sus miserias sino que se proyecta, está diciendo de una u otra manera “así hay que ser”.
Pero Sarmiento, un ser muy psicoanalizable, no conocía el psicoanálisis de modo que no podía saber que quien se expresa, por escrito o por la voz, más allá de la jactancia o de la confesión siempre se dice algo más al decir, siempre cuenta “el ser” de su vida, sea lo que fuere lo que dice o escribe, tan luego él que quería “decir” el país sabiendo o no que estaba diciendo su ser, quién era. Pero es claro que no quería esperar a que se supiera quién era de cualquiera manera: para fijarlo escribe su autobiografía, “no se equivoquen” proclama, no interpreten o indaguen, ahí está todo, bien claro y evidente, hagan lo que quieran con eso, pero con eso, no con otra cosa.
Y, sin embargo, ese gesto que bien puede considerarse autoritario, no se detiene ahí. Una variante importante se impone: una cosa es una simple exposición fáctica, por más exaltada y autorreferente que sea, y otra, muy diversa, es si tal exposición apologética está escrita, con todas las de la ley, en otras palabras si saltó la barrera que separa el mero decirse de esa dimensión extraña que se conoce como literatura. Es, precisamente, el caso de Sarmiento y es, con igual claridad, el caso de León Trotsky. Pequeña diferencia: Sarmiento llama a su autobiografía Recuerdos de Provincia, título que induce a creer que va a hablar de otra cosa y de paso también de sí mismo, mientras que Trotsky, al titular directamente Mi vida -después de su proyecto originario: “Medio siglo” había pensado en titular la recuperación de sus cincuenta años-, pareciera que sigue la dirección contraria, hablará de sí mismo y, no tan de paso, también de otra cosa. Y, otra vez, sin embargo: a propósito de la “provincia” Sarmiento hablará de sí mismo y Trotsky, a propósito de sí mismo, hablará de todo lo demás, del mundo y sus alrededores, en su caso de la revolución en general y de la rusa en particular.
INCIDENTE TRAS INCIDENTE. En ambos casos, y seguramente en todos, el dar ejemplo tiene un valor incitativo, esencialmente moral: “hagan lo que yo hice” proclama, lo cual a algunos les abre un camino, a otros los hace sentirse culpables, les pone en evidencia sus limitaciones mientras no pueden no admirar la grandeza que se les presenta ante los ojos. Los primeros creen acceder a ella, para los otros es una gigantesca montaña que no podrían escalar. De modo que para la primera respuesta se constata que hay sarmientistas y trotskistas, puesto que estamos tratando ahora de las autobiografías de ambos; para la segunda tal vez sólo meros lectores, apasionados como es mi caso, pero nada culpables, espectadores nada más de la mencionada grandeza.
De Sarmiento no es el momento de hablar, tal vez porque se ha hablado de él desde hace casi dos siglos. De Trotsky sí porque, como apartando una maleza que lo cubrió durante décadas, ha vuelto a salir de la tumba como un extraño fenómeno de fuerza y para muchos de inspiración. Para éstos, el ejemplo que brinda la autobiografía es exaltante, indica con un metafórico dedo índice proyectado hacia adelante un camino seguro, hasta un modo de vida, por no hablar de un sistema de interpretación que les permite enfrentar dilemas, zonas de acción, luces, en fin, dirigidas a un futuro todavía sin forma pero posible. El ejemplo que resplandece en el texto titulado sin vacilaciones Mi vida puede ser por lo tanto canibalizado y sin duda lo es pero, además, tal vez para pocos, el texto promete muchas otras cosas, no sólo esa tan exaltante apropiación.
De aquellos que ven en esas páginas inspiración y certezas no puedo hablar, no es mi problema; de cómo lo veo yo sí, es mi problema. Por lo tanto, y para empezar, ¿qué (me) promete un libro de quinientas páginas que no obstante es apenas un esquema de una vida que produjo muchísimas más?
Ante todo, y en una aproximación general, más que prometer ofrece algo clarísimo, un vértigo. Incidente tras incidente, el texto se come el tiempo en un doble registro: ante todo, el de acontecimientos históricamente importantes -revoluciones, guerras, cárceles- , la turbación y la promesa que cubre como una capa espesa la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, y, en otro nivel, el de un relato tan afiebrado como de acezante respiración.
Pero ambos registros se entrecruzan de modo que si los acontecimientos se precipitan a lo largo de una vida y tienen el obsesionante aspecto de la insomnia, la escritura, que es como un lugar donde esos acontecimientos se ven, tampoco duerme ni descansa. Así, las imágenes se precipitan, las acciones se perfilan, los actores aparecen y desaparecen en una especie de teatro en el que tiene lugar un drama histórico tan cargado como que contiene el paso de una época a otra, de un sistema que viene durando siglos, pero de cuyo final Trotsky tiene una serena y objetiva, marxista, idea, a uno que está naciendo con dolor y fervor. Y, en ese cruce, la propia vida, con atisbos apologéticos – la reivindicación del papel que le tocó cumplir en grandes cambios históricos- pero casi nunca íntimos, salvo las grandes pérdidas, salvo la pasión por la lectura y el conocimiento que puntúa aún en los momentos más tensos de los que le tocó enfrentar: las huidas en el feroz invierno siberiano, los encuentros con los diplomáticos alemanes para terminar la guerra, la febril construcción de las instituciones del socialismo, los enfrentamientos con los ejércitos blancos. Escenas de película en las que escribe el guión, con minucia y con detalles, como esperando a un buen cineasta o, mientras llega, a un buen lector.
CRÓNICA DE UNA GESTA. Como si se mezclara en su prosa Conrad con Zola el relato de encuentros y enfrentamientos no tiene descanso, es de una intensidad que Conrad o Zola no habían perseguido, muy rara, es una tensión permanente en una atmósfera de vigilia, desgastante e irrenunciable, equiparable a las noches sin dormir en el Kremlin, en el frente de guerra persiguiendo a los blancos, en las agotadoras jornadas de discursos incesantes para animar a la pelea. Alfred Rosmer, que completó el texto a partir del momento en que Trotsky lo interrumpió, o sea todavía en Turquía, rescata, curiosamente, el estilo. Si no hubiera una advertencia del editor argentino podríamos creer que Trotsky relató incluso el episodio previo a su muerte en 1940.
¿Sigue esta autobiografía las reglas que permitieron otras, anteriores, que habrían podido servir de modelo? No parece: se aparta y se singulariza no sólo en el tono sino, sobre todo, en ese desplazamiento de lo personal – la infancia y el aprendizaje- a lo objetivo que no pierde ni por un instante un centro, el narrador que despliega y contiene, describe y explica, juzga y reflexiona. Y, entre lo personal y lo objetivo, crece la figura del escritor, de un sujeto que colocado en la plena historia de la humanidad al mismo tiempo declara sin ambages ni pudores su ser de escritor, su querer ser escritor como una intuición básica instalada en su deseo desde la infancia hasta los momentos más críticos de una vida azarosa, como sólo se pudo haber dado en el Renacimiento o en la conquista de América.
Así, este libro, además de ser un compendio de historia del siglo XX, es también la descripción de una gesta, no medieval, sino de una construcción, la de un hombre en esa procelosa transición de entresiglos. Un hombre que, por no se sabe qué mecanismos o por qué razones, salvo por la llamarada de una conciencia implacable y al mismo tiempo serena y objetiva, se sintió llamado a dar a esa transición una forma que debía durar hasta el fin de los tiempos, culminación de un proceso tan viejo como el tiempo y cuyo actor histórico era un sector humano tan viejo como el tiempo y tan duradero como el tiempo, el proletariado, los pobres del mundo. Lo notable, lo dramático, fue que habiendo iniciado esa enorme tarea, el socialismo nada menos, viendo ante sus ojos la tan ansiada forma, poco a poco lo que veía era que se le iba escapando de las manos y cayendo en las terribles manos de quien terminaría por minarla y finalmente crear las condiciones para su destrucción.
Este libro, su autobiografía, descansa – o se agita- en una doble construcción, la de esa gesta y la de la forma que le daba sentido y sin la búsqueda de la cual la gesta no tendría sentido: no hay distancia en lo que Trotsky elige evocar entre la gesta, su gesta, y el socialismo, o la revolución, que es su objetivo. Ese encuentro tiene en el libro una expresión eufórica y brillante, su escritura está animada por el espíritu propio de ese momento tan trascendente que concluye con la muerte de Lenin, pero adquiere otro carácter, no menos brillante, cuando comienza la demolición del viejo proyecto y nace la Oposición. Ceden los retratos y la evocación de las acciones y crece, en cambio, el examen, el análisis, la previsión y hasta lo que para algunos fue la profecía política más coherente del siglo, sin que desaparezca la ironía y la felicidad de las imágenes.
SEUDÓNIMOS. Todo ese discurso crece en medio de despiadadas persecuciones, asesinatos inclusive, desde el derrumbe en sus posiciones de poder hasta la ignominia del olvido, pero la acumulación de catástrofes no lleva el relato al resentimiento, al odio ni al deseo de revancha o de venganza: todo da lugar a una narración apasionada y apasionante, llena de observaciones insólitas, de un brío sin límite. Frente a la insólita desgracia para alguien que significó tanto para el mundo en el momento de su apogeo, conserva íntegramente una ecuanimidad del mismo calibre que manejaba cuando las horas no eran sombrías y el edificio del socialismo se estaba erigiendo.
Desde la primera infancia, pasando por las diversas cárceles, los viajes de exilio, la dirección de la guerra civil, la larga marcha desde Alma Ata, pasando por Prinkipo, Francia y Noruega, hasta llegar a México, la estación final. No hay lugar para lamentaciones ni quejas, su mirada captura lo que lo rodea, la cara del carcelero, el movimiento del tren, la nieve en la que se hunde, el libro que lo estimula, el carácter de sus conmilitones, el estado de las sociedades, las debilidades de los grupos políticos. Sociólogo y psicólogo, historiador y cronista, todo le funciona en una unidad que sostiene las páginas y en las que nunca se pierde, como si en su cabeza esa extraordinaria variedad estuviera tensa y en movimiento al mismo tiempo. Con todo eso lo que quiere es medios e instrumentos para escribir, el escrito como arma pero también como prolongación de una cualidad o facultad o natural inclinación propia de los hombres del XIX, no intimidados por la diversidad del mundo ni por la noción de cantidad.
Sin duda muchos leerán esta autobiografía con ánimo belicoso, para discutir la versión que Trotsky da de episodios históricos sujetos a controversias tan feroces como que a él le costaron el exterminio de gran parte de su familia, de sus amigos y de su propia vida. No es mi terreno entrar en ellas y pontificar acerca de si acertaba o erraba al examinar el estado del campesinado ruso en la época de la Revolución y otras singularidades o si la industrialización era el camino adecuado o no. No soy quién para darle la razón o discutirle, son otras mis razones para ver en este libro y en otros de sus escritos una sustancia que tiene que ver con una paradigmática, algo así como el fin de una época encarnado en la historia de un protagonista fundamental. Pero también debe haber algo de personal en mi interés por el tema: en un pasaje del libro Trotsky revela uno de los seudónimos que adoptó para evitar un arresto: ese nombre es exactamente el mismo de mi apellido materno pero yo no lo sabía.
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http://www.elpais.com.uy/cultural/una-vida-una-revolucion.html
Noé Jitrik sobre Armenia (y Trotsky y Auerbach de nuevo)
Publicado: octubre 31, 2012 Archivado en: Actualidad, Erich Auerbach, Historia, León Trotsky, Libros, Noé Jitrik | Tags: Erich Auerbach, Historia, León Trotsky, Noé Jitrik Deja un comentario »Leemos hoy al escritor Noé Jitrik en Página12:
A propósito de la pronta publicación en la Argentina de la extraordinaria autobiografía de Trotsky, Mi vida, que pude leer hace años luego de recorrer los tres volúmenes de Deutscher, se me hizo presente otro libro que leí después de éste, publicado en México, titulado De Prinkipo a Coyoacán, y cuyo autor, Jean van Eijenoort, había sido uno de los secretarios del famoso exiliado. Una constelación de textos cuyo centro, Trotsky, había vivido, exiliado naturalmente, en ese lugar, Prinkipo, de 1929 a 1933. En ningún otro lugar, desde que había sido desterrado de la Unión Soviética, había estado tanto tiempo, hasta llegar a México, donde vivió un poco menos, unos tres años, brutalmente concluidos por el asesinato. En el período turco, que consideraba, salvo el hecho de que no podía moverse demasiado, paradisíaco, terminó de escribir Mi vida y, además, infinidad de textos, cartas, declaraciones, artículos. Se debe haber dicho, y no sólo por sus fieles y continuadores sino también por unos cuantos antagonistas, que esa autobiografía es uno de los grandes textos del siglo XX. Esa estimación, que desde luego no es sólo mía, me hizo pensar en otro libro fundamental, el increíble compendio de sabiduría literaria titulado Mímesis, también producido en Turquía por otro exiliado –de 1935 a 1947–, pero por otras razones –el nazismo–, el también judío Erich Auerbach.
Dos libros de alcance e intención muy diversa pero con algo en común: en ambos casos sus autores no tenían al alcance de la mano bibliotecas y si para Trotsky eso podía ser secundario no sólo porque traía consigo ingente documentación, sino porque recordar era básico e indispensable, para Auerbach debía ser dramático porque escribía sobre libros, desde la remota Biblia hasta las novelas de las postrimerías del siglo XIX, pasando por la Edad Media, el Renacimiento y la modernidad. Me imagino que si no aceptaban esa carencia y no la desafiaban y, deprimidos, desconcertados, como muchas veces nos sucede, se entregaban a la imposibilidad, podían ser derrotados por segunda y definitiva vez.
De modo que ambos en Turquía. ¿Sería tierra de exilio? ¿Habrían sido acogidos en virtud de una política que se enfrentaba con dos colosos, Stalin, empeñado en destruir a Trotsky; Hitler, empeñado en destruir a todo judío que pisara la tierra del planeta?
No puedo saber ninguna de esas cosas, pero es más que probable que admitir a esos perseguidos fue una decisión que había sido tomada por Kemal Pashá, llamado también Atatürk, un militar que había terminado con el Imperio Otomano, instaurado una república y al mismo tiempo su dictadura perpetua, y pretendía occidentalizar y modernizar un país que había vivido en las sombras de un despotismo sin igual y que además de diversas lacras propias de un feudalismo feroz tenía en su haber el genocidio armenio, una de las tragedias más notorias de un siglo que no ahorró genocidios tan o más espectaculares como ése, una brutal matanza que sigue siendo recordada con llanto y amargura, como si se hubiera producido ayer, por todos los armenios de dentro y fuera de un país diezmado y, sin embargo, añorado y orgulloso de su identidad.
Por complejas razones y un sentido misional semejante al de otros personajes de las primeras décadas del siglo XX, como si hubiera creído o presentido que la perduración del imperio terminaría por liquidar al país –ningún imperio ha podido detener su decadencia–, Atatürk, creyendo o no en determinados valores más o menos universales, o sea los de las burguesías centrales, modernizó el país a los golpes y si recibió a esos exiliados y los salvó de la muerte quizá fue para instalar una imagen humanitaria que no parece poder sostenerse a la luz de hechos muy concretos y que atañen específicamente a Armenia. Los argumentos armenios, que no cesan de formularse, que se apoyan en esos hechos, parecen conmovedoramente convincentes y los que suelen esgrimir los turcos al exaltar la figura de Atatürk, fundador y creador de todas las cosas, se desvanecen. Por empezar, la palabra Atatürk, que Kemal se aplicó, quiere decir “jefe” o “líder” o “führer” o “caudillo”, lo cual no deja de ser significativo y un primer indicio de que los armenios no dejan de señalar: Kemal como un nazi de segunda categoría, o sea, nada de democracia, sino todo lo contrario. Y a partir de ahí una catarata de argumentos demoledores: no sólo participó como militar en el genocidio del año 15 sino que, de una manera u otra, cuando se convirtió en presidente perpetuo, la suerte de los armenios siguió estando echada; no sólo inició la perdurable tradición –continuada hasta hoy día– de no reconocer que hubo un genocidio, sino que tampoco enjuició a los responsables seguramente no porque el genocidio no existiera sino porque, de una u otra manera, el genocidio prosiguió y aun de una manera indirecta fue reivindicado: lo prueba el mausoleo que se le erigió al principal actor de la masacre, el siniestro Talaat Pashá.
Hoy, “Ciclo de música contemporánea” en Osde: “Momentos del cielo”
Publicado: septiembre 28, 2012 Archivado en: Actualidad, Invitaciones, Literatura, Marcelo Delgado, Música, Noé Jitrik, Tununa Mercado | Tags: Marcelo Delgado, Noé Jitrik, Tununa Mercado Deja un comentario »* Acá más info.
Turquía: 1929-1933; 1935-1947 (Noé Jitrik)
Publicado: septiembre 5, 2012 Archivado en: Erich Auerbach, Historia, León Trotsky, Literatura, Noé Jitrik | Tags: Erich Auerbach, León Trotsky, Noé Jitrik Deja un comentario »
El doctor Kien, personaje principal de Autodafe, la novela de Elías Canetti que le valió el Premio Nobel, es sinólogo, lo mismo que el doctor Albert, personaje secundario de “El jardín de senderos que se bifurcan”, narración de Borges incluida en Ficciones. La novela de Canetti es del ’31, el cuento de Borges del ’41, pero no creo que haya entre ambas ideas acerca de la profesión de los respectivos personajes nada más que una semejanza, a ambos les debe haber resultado atractiva esa curiosa especialidad tal vez porque en ambos casos se trata de bibliotecas. El doctor Kien tiene una muy impresionante, lo mismo que el doctor Albert: el tema, la biblioteca, promete una infinitud, y en la cultura china es insondable y los libros que la recogen son múltiples. Borges, es notorio, asimila la biblioteca al laberinto, pero también la imagina como modelo del mundo y, se podría añadir, como destino: basta recordar su primer empleo, en una biblioteca modesta, y luego, en la Nacional, una mucho mayor, de vastos anaqueles y de resonancias incesantes. Canetti no va tan lejos en su novela, simplemente vincula la obsesión bibliotecaria con una curiosa idea de alienación. Y en eso consiste su relato: el doctor Kien es expulsado de su casa, y de su precisa biblioteca, por una mujer terrible pero, en su kafkiano vagar, se lleva en la cabeza todos sus libros.
Me quedo ahora sólo con esta imagen: tener en la cabeza todos los libros. Pero, aparte del doctor Kien, ¿quién puede lograrlo? Y, más aún, ¿qué ocurre cuando se quiere escribir y no se tiene ni siquiera los necesarios, no ya todos, para hacerlo? En ese caso se apela, no hay otra posibilidad, a la memoria que, salvo el doctor Kien, no puede aspirar a una totalidad (es el caso del común de los mortales); el escritor, entonces, extrae de ella, modestamente, algo, no mucho, de lo que le ha quedado. Así, pues, renunciando a la imposible totalidad, la literatura toma esos restos, los utiliza y los transforma y con ellos, modestamente, ha logrado sin embargo memorables obras.
Escribir sin libros para consultar cuando se intenta mostrar datos o emitir juicios: el historiador no podría hacerlo, el escritor sí. Hay casos. Uno muy notorio es el de Sarmiento que, exiliado en Chile, careciendo de documentos y de libros apeló a tradiciones orales, a informaciones epistolares y, por supuesto, a los libros que guardaba en su memoria, los llevaba consigo en su cabeza no tan obsesivamente como el doctor Kien pero más o menos; el resultado, como es notorio, no se resiente de esa falta y, al contrario, rinde un lleno que todavía permite pensar y disfrutar. Eso es Facundo, un texto tan vibrante, tan pletórico de vida que nos hace dejar de lado ese aspecto, aunque a uno de sus más distinguidos críticos, don Valentín Alsina, se le ocurrió mencionarlo y aun calificarlo. Pero hay más casos.
Creo observar una coincidencia, que me parece evidente entre León Trotski y Erich Auerbach, dos despojados de sus bibliotecas y teniendo notoriamente que trabajar con ellas. Ambos exiliados en Turquía, el primero por las maquinaciones de Stalin a partir de 1929, el segundo por el antisemitismo de Hitler, hacia 1935. Trotski permaneció hasta 1933, Auerbach hasta 1947, aceptados y hasta protegidos por el legendario Kemal Pashá, apellidado Atatürk, primer presidente y fundador de la República, que había modernizado Turquía y había occidentalizado un poco por la fuerza, pero de manera duradera, los restos del Imperio Otomano que tenía en su haber el genocidio de los armenios ejecutado pocos años antes así como diversas derrotas militares. No poco mérito el de Atatürk, pues recibir a Trotski implicaba desafiar a Stalin, aunque seguramente éste no dejó de presionar hasta lograr, como ocurriría luego en Noruega, que el bolchevique emigrara, y a Hitler que, en pleno apogeo, empezaba a arrojar a los judíos a los cuatro vientos, cuando lograban escapar, o a los campos de concentración cuando no.
Pero la vigorosa occidentalización que Atatürk había promovido y logrado no había alcanzado todavía a las bibliotecas, de manera que para seguir en sus proyectos ambos debieron recurrir a las que habían abandonado, o sea a su memoria, y con ello debían arreglarse. ¡Y cómo lo hicieron! Auerbach escribió entre 1943 y 1945 Mímesis y Trotski terminó Mi vida poco después de llegar, pero luego siguió escribiendo infatigablemente. Como lo recuerda Gabriel García Higueras en el prólogo a la nueva edición, argentina, de Mi vida, para escribirlo, así como sucedió en Alma Ata, la imposibilidad de recurrir a bibliotecas y archivos lo llevó a indagar en sus archivos, a activar su correspondencia –notoria es la carta que le envía a su primera mujer pidiéndole que ella a su vez recuerde– y, por supuesto, él mismo recordó.
Ambos libros, acerca de cuya importancia no hay mucho que añadir, fueron publicados casi enseguida. El de Trotski, en alemán, en 1929 y en varios idiomas, ruso, francés, inglés y en español, al año siguiente. El de Auerbach en 1946 y, muy pronto para estas cosas, en español en 1950 en México.
Se sabe bastante acerca de la persona Trotski y del papel histórico que le tocó desempeñar, lo cual, unido al hecho de la persecución de que fue objeto –implacable y hasta su asesinato– permite comprender por qué su autobiografía fue tomada tan pronto; poco acerca de la persona Auerbach, salvo que fue un prominente filólogo cuyos trabajos sobre el Dante, previos al exilio, le habían valido reconocimientos acordes con los rigurosos parámetros científicos de la universidad alemana, antes de ser devastada por el monomaníaco asesino: vivió en Estambul, trabajó en la universidad, y en 1947 emigró a los Estados Unidos. Su realidad es su libro, un impresionante recorrido por toda la literatura occidental, desde los primitivos griegos hasta los naturalistas del siglo XIX, articulado por la idea de la “representación” y sus variantes y evoluciones: imprescindible.
En cuanto a cómo vivió cotidianamente e incluso cómo compuso ese libro, que en sí mismo es un símil de la biblioteca, tal como la pensaba Borges, carezco de información: quizá la modestia universitaria, el silencio del estudio, el ruido de los estudiantes y, sin duda, el resplandor de los restos de los diversos pasados del Asia Menor, que eso es Turquía. Y no mucho más. Lo contrario de Trotski.
Instalado en la isla de Prinkipo, a orillas del Mar de Mármara, que en ese momento era algo así como un limitado paraíso: “No hay teatros ni cinematógrafos. Los automóviles están prohibidos. ¿Hay muchos lugares como éste en el mundo? Nuestra casa no tiene teléfono. El rebuzno del asno es un sedante para los nervios. Ni por un instante se puede olvidar que Prinkipo es una isla, porque el mar se ve desde la ventana y no hay lugar desde donde no se le vea”, escribe Trotski a modo de despedida según cita García Higuera. Un ideal para un intelectual que no tuviera que tener precauciones, pero él debía tenerlas, o que se hubiera propuesto la gigantesca tarea de recuperar el sentido inicial que había tenido esa Revolución traicionada. La isla es hoy un centro turístico, la casa que Trotski habitó, descrita por Van Eijenoort (Con Trotski: de Prinkipo a Coyoacán, de 1979), uno de sus secretarios más duraderos, es difícil de ubicar pero ahí está, melancólicamente abandonada y semi en ruinas, aunque todavía subsiste el sendero que Trotski seguía para ir a pescar, seguido por sus perros.
Valga la coincidencia entre dos escritores instalados en la historia del siglo XX: un mismo lugar en un momento muy particular de un país cambiante, una severa limitación de recursos para proseguir una obra, dos libros imprescindibles, una paralela causalidad de exilio y, lo esencial, la pérdida de la biblioteca y su compensación en una memoria fiel y obsesiva.
Pero de una manera u otra, de todos estos rasgos uno es determinante: el exilio, o sea el principio de las carencias. Cómo se lo vive en relación con la tarea es lo fascinante del asunto o, dicho de otro modo, en términos más altisonantes, el cumplimiento de un destino o de una misión. Algunos –es el caso– lo han enfrentado; otros se dejaron ganar por la pérdida, quizá no tenían biblioteca para guardar en la cabeza, quizá no tenían escritura para realizar sin ella. Deriva caprichosa, tema abierto, da para conjeturas y exclamaciones. Pero a algo se aproxima, no lo sé muy bien.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-202620-2012-09-05.html
Trotsky y la cultura, los escritores y el futuro
Publicado: mayo 29, 2012 Archivado en: CEIP "León Trotsky", Ediciones IPS, Historia, Intelectualidad, León Trotsky, Leonardo Padura, Libros, Liova corre hacia el poder, Luis Franco, Marcos Aguinis, Martín Kohan, Noé Jitrik, Polémica, Política, Trotskismo, Tununa Mercado | Tags: andré breton, andré malraux, CEIP "León Trotsky", frida kahlo, georges simenon, john dewey, León Trotsky, Luis Franco, Noé Jitrik, pierre naville 4 Comentarios »
Noé Jitrik ha escrito una nota, “Íconos y alcohol”, publicada en Página/12 el pasado 26 de abril, que comienza refiriéndose a mí.
No puedo dejar de emocionarme al leer ese primer párrafo –sensible, imaginativo, poético– que, pensándolo desde otro ángulo, no sólo habla de mí (y de la amistad, y de la militancia), sino también del mismo Noé. Quiero decir: habla del rango de sus preocupaciones vitales –o existenciales, si se prefiere el (como lo llamarían muchos) “arcaísmo setentista”–, y que son, ni más ni menos, las que hacen al destino de las sociedades contemporáneas y al de los seres humanos insertos en ellas, viniendo (como venimos) de más de tres décadas de restauración capitalista neoliberal.
Como escritor y crítico literario agudo que es (y ya sé que acá no dije nada original), Noé Jitrik observa, analiza, señala, como si por momentos hablara de un Aleph, algún aspecto llamativo (para el presente) de la vida y obra de León Trotsky (como Noé mismo lo recuerda, ya escribió sobre la biografía de Lenin escrita por Trotsky; sobre las actas del “contraproceso” en México, y ahora de cómo Trotsky pensó en cambiar la vida cotidiana de las amplias masas, intentando reemplazar la iglesia y el alcohol con el cine); cuestión que se emparenta con toda una importante tradición del siglo XX, que es la historia de las profusas relaciones –directas e “indirectas”– de Trotsky (y también los trotskistas) con los artistas en general, y con los surrealistas en particular.
Variopinta lista: André Malraux, H. G. Wells, Pierre Naville, Diego Rivera, André Breton, Frida Kahlo, el filósofo John Dewey y hasta Georges Simenon fueron algunos de los importantes artistas y personalidades –entre ¿decenas, cientos?– que tuvieron contacto, relación política, intercambios y debates varios con Trotsky a lo largo de su vida. Yendo a la corriente surrealista, es conocida la declaración de título –si se quiere– tan poético, “Planeta sin visado”, que Breton y su grupo dieron a conocer en 1934, cuando Trotsky fue expulsado de territorio francés, proveniente de un difícil y duro periplo que había comenzado en 1928, cuando el régimen burocrático de Stalin lo había desterrado de la URSS a Alma Atá, a más de 3.000 kilómetros de Moscú; un pueblo cercano a la frontera con China. Y en 1936 los surrealistas también denunciaron la farsa stalinista (y trágica: con fusilamientos de la “vieja guardia” bolchevique) de los Juicios de Moscú, afirmando al mismo tiempo que Trotsky, acusado también él, junto a su hijo León Sedov, de “terrorista”, estaba “muy por encima de cualquier sospecha”, y que era para ellos “un guía intelectual y moral de primer orden”.
Tenemos entonces lo que se suele llamar “el Trotsky cultural”: un campo donde abundan los escritores y escritoras y se puede incluir desde un George Orwell (recordar al cerdo que enfrenta a “Napoleón” en Rebelión en la granja, o el “Goldstein” –apellido muy parecido al original de Trotsky, Bronstein– conspirador y supuesto causante de todos los males del régimen del Gran Hermano en 1984), pasando por gente tan disímil como los brasileros Humberto de Campos y el surrealista Benjamin Péret, el español Jorge Semprún, el genial cubano Guillermo Cabrera Infante con su sección de parafraseos en Tres tristes tigres, la argentina Tununa Mercado, los argentinos Luis Franco, Héctor Tizón, Andrés Rivera, Martín Kohan, hasta Sylvia Molloy… todos y todas han hecho referencia a Trotsky en sus obras, y en algunos casos, más de una vez.
Esta tradición, la de Trotsky como sujeto de fascinación para los artistas (lo hayan conocido en persona o no), se mantiene en el presente: sumemos, por ejemplo, a El hombre que amaba a los perros, novela del cubano Leonardo Padura –quien tiene el mérito de hacer una gran novela policial… superando nada menos que el pequeño gran escollo de que al comenzar la historia, el lector ya sabe quién es el asesino–, y a Laguna, otra novela, de la norteamericana Barbara Kingsolver. Y, como contracara reaccionaria de esto, están la pésima comedia canadiense titulada The Trotsky (2009), y Liova corre hacia el poder, olvidable novela del escritor liberal Marcos Aguinis.
A propósito de todo esto Maurice Blanchot, en un notable ensayo titulado “Los grandes reductores”, señaló que existe “un período en que Trotsky da miedo y en que no tiene más compañero en literatura que André Bretón y luego un período en que como revolucionario, daría miedo todavía, pero, acogido ceremoniosamente en el panteón de los escritores, tranquiliza en su papel de hermoso muerto apacible”. Y sigue: “¿Qué es lo que nos tranquiliza, hoy en día, en ese Trotsky de buena sociedad? La respuesta es fácil: es un escritor que tiene estilo, un literato de gran clase (…), un crítico que sabe hablar de literatura como hombre del oficio”. Y sin embargo, dice Blanchot, Trotsky también es quien “con Lenin, decidió la insurrección de octubre y, antes que Lenin, sacó todas las consecuencias de la declaración de revolución permanente, ya propuesta por Marx, dirigente inflexible de una Revolución no precisamente moderada, (y) quiere concedernos ‘una libertad total de autodeterminación en el dominio del arte’”.
Blanchot critica entonces las “tranquilidades” de las “reivindicaciones parciales” de Trotsky, proponiendo tomar conciencia de que no habría “inocencia” alguna en las libertades u opciones de la escritura y las artes bajo el régimen de explotación capitalista: lo que se hace juega a favor o en contra del sistema. Y sin embargo, en el presente, tenemos la siguiente paradoja: la de que la mayoría de los trabajos literarios, según anotó el historiador Paul Le Blanc (en “Trotsky: realidad y ficción”), son más verídicos que los de los historiadores “sovietólogos”. Éstos, un bando “anti” (anti-Trotsky, anti-Lenin, anti-Revolución Rusa, etc.), defenestran (y falsean) a la historia y a las personalidades dirigentes de Octubre de 1917: Richard Pipes, Orlando Figes y Robert Service son algunos de los que, como indicó en su último trabajo el historiador –fallecido en 2005– Pierre Broué, “brillan por su ignorancia” al desconocer y desestimar por completo la riqueza de información que hay –y ellos han estado ahí– en los archivos abiertos desde 1991 en la ex URSS y en los Estados del Este europeo.
Por ello, y más allá de la (supuesta) “comodidad” de que se mantenga a Trotsky sólo como una personalidad en el “campo cultural”, no deja de ser significativo cómo los artistas han captado, en una importante cantidad de casos, mucho mejor que los historiadores “profesionales” y “científicos” la esencia (profundamente humana, realista, ambiciosa) de Trotsky y su proyecto revolucionario y socialista, tal como lo hizo Jitrik respecto al recurso de echar mano al cine, a mediados de la década de 1920 en la heroica (y pobre) Rusia soviética; y por supuesto también en sus otros artículos.
Ahora que la crisis económica internacional, comenzada en 2008, hizo –o está posibilitando–, entre otras cosas, en medio de rebeliones y revoluciones en Medio Oriente, acampes y ocupaciones de “indignados” en Estados Unidos y Europa (que vive cada tantas semanas alguna gran huelga, parcial o general), el llamado “regreso de Marx”, también podría estar propiciando el “regreso de Trotsky” –como se ve, con admiradores y detractores–.
Es que hay en el revolucionario ruso una cantidad (prácticamente inabarcable, por su gigantesco volumen) de escritos y temas: un impresionante corpus de reflexiones teóricas y políticas, todas ligadas, de una manera u otra, al cambio social revolucionario. ¿No tenemos allí, entonces, un valioso patrimonio político (y cultural) de la humanidad? Yo creo que sí, y de ahí el proyecto de Ediciones IPS junto al CEIP “León Trotsky” y la Casa-museo de México de lanzar una gran colección –que ya comenzó– de Obras escogidas, para que los trabajadores y la juventud puedan acceder fácil y directamente a Trotsky. A las obras de un revolucionario que, desde la perspectiva del socialismo y el comunismo, ambicionaba, como escribió en un impresionante texto de 1939, “El marxismo y nuestra época”, que las palabras “pobreza”, “crisis”, “explotación” salieran de circulación.
Grandes objetivos, que son también –o deberían– un tema “cultural”: el del futuro de la sociedad… y las palabras que la describirán.
Íconos y alcohol: Noé Jitrik sobre León Trotsky
Publicado: abril 26, 2012 Archivado en: Actualidad, CEIP "León Trotsky", Ediciones IPS, Intelectualidad, León Trotsky, Libros, Militancia, Noé Jitrik, Política, Trotskismo | Tags: CEIP "León Trotsky", Ediciones IPS, León Trotsky, Noé Jitrik Deja un comentario »* El escritor y crítico literario Noé Jitrik escribió la siguiente nota aparecida hoy en Página/12. Como es mi amigo me menciona; pero allí, en realidad, están (estamos) representados cientos de militantes del PTS y la FT-CI, que reivindicamos –y recreamos y luchamos por– el legado de León Trotsky y los trotskistas, contra la explotación del capitalismo y el imperialismo, y contra toda burocracia y formas de opresión.
Demian Paredes intenta, y a veces lo logra, hacerme compartir su fascinación por la figura de León Trotski, su vida, su obra y aun, y sobre todo para él, la trascendencia que tendría su pensamiento político en su proyección sobre el presente y el futuro de la sociedad, de la traumatizada y permanentemente en crisis sociedad marcada, determinada y sofocada por el capitalismo y los férreos sistemas que engendró. Esa fascinación ordena su vida, lo cual es sorprendente porque es joven y, como a muchos otros, esa tríada los atrae y los significa, responde a un deber ser moral muy fuerte que no se contradice en su caso con el mundo de deseos propios de la juventud: música, literatura, cine, amores, viajes, amigos y la larga serie de satisfactores que los seres humanos persiguen para sentir que pisan el suelo del vasto mundo.
Si bien yo había leído algunos libros de Trotski –el extraordinario Mi vida sobre todo– así como de sus comentadores y exegetas –Deutscher, Broué y Naville– distaba de conocer toda la vastedad de su escritura; Paredes me fue acercando otros en los que me detuve, de una manera u otra: una biografía de Lenin, sobre la cual escribí; lasActas del Juicio que se llevó a cabo en México, en 1938, presidido famosamente por el filósofo norteamericano John Dewey, productos de un plan editorial (Ediciones IPS) que, dada la dimensión de la obra, tiene para un rato largo y, en estos días, un par de artículos escritos en lo que podríamos considerar la segunda etapa de su curso vital: la primera, prerrevolucionaria, de formación y preparación fue la anterior a 1917, la segunda ya en el poder y en la oposición, la tercera en el exilio que va de 1927 a su muerte.
No me propongo considerar si hay o no unidad de pensamiento en los escritos que produjo incesantemente en las tres etapas; es más que probable que las condiciones exteriores propias de cada una determinaran el giro que tomaba su pensamiento y su actitud analítica –que las recorre a todas como una constante– así como su retórica y, en consecuencia, que haya diferencias importantes entre la masa de sus escritos, sin contar con el valor que le atribuía a la práctica de la escritura, en diapasón con una idea o concepción que se va instalando en la conciencia intelectual desde comienzos del siglo XVIII y se expande hasta las primeras décadas del XX.
Lo que, en particular, me suscita, es ese artículo de 1924, ahora recuperado. Hay que señalar, ante todo, que en ese año, en pleno ascenso de la influencia –o más bien apropiación– de Stalin en todos los organismos de Partido Comunista y él en la llamada “Oposición de Izquierda”, hablaba desde lo que podríamos llamar, al menos considerando este artículo, las finalidades de un cambio revolucionario en el proletariado urbano y campesino, como objetivo y consecuencia del sistema que la Revolución de Octubre había iniciado y que no le resultaba fácil implementar ni consolidar. Le preocupaban las formidables carencias culturales de un proletariado que, si bien había por eso mismo sido lo que había posibilitado la revolución ahora, en las vías de la construcción comunista, eran impedimentos, casi irreductibles zonas de alienación: llevar a ese proletariado tan particular a una conciencia política debía estar en el programa, pero, al mismo tiempo, exigía una respuesta que no podía ser mecánica ni ritual ni menos aún forzada.
El artículo, que salió publicado en Pravda, tiene una estructura argumentativa rigurosamente marxista: de una aclaración conceptual inicial desciende a un problema particular, examina sus rasgos y propone, imaginativamente, una solución. No tiene un tono admonitorio ni recriminatorio, más bien se parece a una invitación a pensar, nada extraordinario en sus escritos pero sí en relación con un contexto difícil, en plena crisis por la implantación de la “Nueva Política Económica”, que alguna urgencia tendría para el común de la gente, y las internas de un partido que pronto se vería ensangrentado por decisiones que llegarían a lo criminal. Y el problema, que seguramente todo político se plantea si no está tan sólo en el poder para su mero aprovechamiento, es cómo hacer para que el alcoholismo y la religión dejen de ser una rémora para la realización del programa de transformación de la sociedad que tiene como fin al ser humano.
La palabra “política” tiene dos sentidos o alcances según Trotski: uno general, amplio y que sale de su fondo semántico mismo, a saber que lo que marca la existencia misma de la sociedad es lo político o, como diríamos ahora, la politicidad: toda sociedad humana está fundada en ese concepto; el otro tiene que ver con una actividad precisa y particular, que para muchos es una vocación y para otros una profesión, sea cual fuere el sentido que se le da, y que busca formas que se quieren racionales y universales: el desideratum es que quienes son el objeto y los protagonistas y aun los beneficiarios de un cambio poderoso, o sea proletarios, como el que se propone realizar el grupo bolchevique, se incorporen a tales formas y contribuyan a fortalecerlas; implícitamente, que esa práctica no quede sólo en manos de un grupo de elegidos, o decididos, que por lo general proceden de la burguesía o de sus detractores iluminados, en uno u otro sentido. Lo que no se debe hacer, postula Trotski, es imponer tal incorporación. Pero ¿cómo hacer para lograrlo?
Apartar del alcoholismo y de la religión. Por algo una cosa y la otra tienen tanta fuerza y mueven multitudes, lo que no quiere decir que se las acepte complacida o resignadamente como, con cierta dosis de realismo o de cinismo, hicieron y hacen muchos que, o bien siempre lo habían aceptado, o bien no tuvieron más remedio que hacerlo, la soga en el cuello. El alcohol, razona Trotski, proporciona felicidad inmediata, autoconfirmación exaltada, olvido de las penurias, obnubilación intelectual, elusión de la muerte; la religión, a su vez, entretenimiento, contacto humano, alienación confortable, garantía de afecto, espacio tranquilizador de la fiesta: ni el alcohol es un bien indiscutible ni la religión necesariamente una comprensión de la trascendencia. Dicho esto, se le ocurre una salida realmente genial: el cine.
Es cierto que ya Lenin lo había exaltado: “De todas las artes el cine es para nosotros la más importante”, proclamó, seguramente en el contexto de las necesidades de hallar medios de propaganda eficaces para el proceso que se iniciaba y que necesitaba consolidarse. También lo es que ya existían salas de cine y en cantidad y algunas productoras rusas, pero todo indicaba que debían adaptarse, sin duda con pocas ganas, para satisfacer los objetivos revolucionarios. Y no menos cierto es que el enunciado de Trotski tuvo una ejecución tan sistemática como dirigida a otros fines en la férrea época de Stalin.
Pero volvamos a 1924. El cine era una realidad y ya había dado pruebas de su poder: ¿habría visto Trotski las películas de David Griffith, de Abel Gance o las del expresionismo alemán, el alucinante Gabinete del doctor Caligaris o El Golem? No lo puedo saber, pero, en todo caso, tiendo a pensar que cuando escribió sobre el asunto debía tenerlas en mente y de ahí que las considerara un eficaz medio para distraer, suspender hábitos y, sobre todo, para hacer entrar en dimensiones inesperadas y desconocidas de modo que el sabor del alcohol dejara de atraer, así sea por un momento, y la embriaguez eclesial reducirse a lo indispensable o irrenunciable que, sometido a ese examen de imaginario, terminaría por convertirse en un puro resto. Propone, sobre este razonamiento, instalar salas de cine cerca de las iglesias y las tabernas y no duda de que por el lado de la pantalla el ingreso a la política se produzca sin que obreros y campesinos que no quieren ser llevados a ella por la fuerza entren por propio desarrollo intelectual.
De aquí se sacan varias consecuencias. La primera es que Trotski tenía una mirada que podemos llamar “moderna”, sabía que pasaban cosas en el mundo cuyo valor no podía ser ignorado y que lo más inteligente era acercarse a ellas y apropiarse de lo que proporcionaban, imaginación, cambio, suspensión, distracción, fantasía. También que hay algo de utópico o de candoroso en la pretensión de quitar del alcoholismo y de la religión a una población más bien ruda y enemiga de que se toquen esas sagradas costumbres pero, en su favor, hay que reconocer que tanto él como quienes lo acompañaban en esa empresa de construir una nueva sociedad habían heredado del Romanticismo la caliente imagen de la utopía y les resultaba muy duro renunciar a ello (no le costó tanto a Stalin). Pero lo que me parece más importante todavía es que eso que le atribuye al cine puede aplicarse a toda manifestación artística y literaria y de lo cual surge algo análogo a una definición acerca de la función del arte. En esa idea de detener el saber de la experiencia concreta y cotidiana, sea cual fuere, proponiendo un pensar que se infiltre en las cabezas y las lleve a dejar entrar imágenes, dimensiones desconocidas de la realidad, posibilidades imaginarias, saltos al vacío conceptuales, residiría una esencial virtud, un poderoso agente de cambio que actúa en las sombras del inconsciente y que hace que los seres humanos comprendan más de lo que son y de lo que los rodea. El arte y la literatura, en suma, serían de acuerdo con esta lectura las puertas de entrada a un reino de libertad que operando en el sujeto y su experiencia estética momentánea se transmitiría a la sociedad en la que vive y le daría solidez a una voluntad consciente sin la cual ningún cambio podría tener fundamento.
Está fuera de mi alcance saber si Trotski conocía, y estimaba, lo que estaban haciendo los llamados “formalistas”, espontáneos descubridores de, al menos, las propiedades básicas de la materia literaria, o los suprematistas, que acarreaban la revolución a una idea de la pintura que cuestionaba seriamente el realismo transcriptivo; ambos intentos, así como la música que, como se sabe, introdujeron una mirada moderna, fueron en la era staliniana borrados y algunos de sus promotores terminaron en Siberia. Quizás algo de eso, así sea como resto, se puede ver en las discusiones de Trotski en México con André Breton y Diego Rivera. En todo caso, creo que no se puede desconectar la idea de 1924 de una problemática mayor, que atañe a la difícil cuestión de la función del arte, ese grano duro para toda reflexión sobre una cultura, sus necesidades y su forma en todo momento de su existencia. Y, por añadidura, que una reflexión como ésa pueda reconocerse en Trotski lo saca del encierro en el que se lo pone en un exclusivo coto de caza de una acción política que no termina de comprenderse muy bien.
Destrucción del edificio de la lógica, una novela de (pura) invención*
Publicado: noviembre 16, 2011 Archivado en: Libros, Literatura, Noé Jitrik | Tags: Literatura, Noé Jitrik Deja un comentario »
¿Cuáles son los “efectos” que produce una obra literaria? Uno, indudablemente –aunque en un sentido muy genérico-, es el despertar los sentidos del lector, por medio de la sorpresa, de la emoción… e incluso del rechazo. No son cuantificables pero eso no quiere decir que no los haya: esos efectos pueden ser individualmente importantes pero también lo son socialmente; eso explica, tal vez, la inscripción de un texto en la memoria así como su perduración.
Por este lado, intentaré entrar en lo que “me” produce la lectura de Destrucción del edificio de la lógica, una de las últimas nouvelles de Noé Jitrik: sorpresa, emoción, inesperadas reacciones frente a un texto que se escapa de los modos más habituales de hacer novelas o relatos; incluso de su relato anterior, Long Beach, cuya propuesta es de otra índole: se diría que de un minimalismo de la sorpresa, por el cual el relato se desliza, desde la “subjetividad observante”, hacia una especie de mirada crítica sobre la cultura norteamericana.
Relato concentrado, Destrucción… posee un alto nivel de densidad; la materia verbal no es abigarrada, y sí crujiente, pero también líquida, fluida y bullente de imaginación.
Destrucción… ofrece la perfección de la esfera en –por lo menos– un rubro narrativo: el de la digresión, que permite a su complejo narrador incluir conceptos y escapar de la referencia casi obligada a acontecimientos o anécdotas.
El relato abunda en todo tipo de digresiones y explicaciones, pero no obstante, “lo real”, sea lo que fuere, no es lo de menos ni tampoco “el origen” de la digresión: es solamente una “parte componente” más del relato.
Porque Destrucción… viene, justamente, a destruir una lógica. O tal vez dos, como veremos más abajo.
La nouvelle (se) inicia a partir de una figura, un profesor de filosofía desocupado, de apellido Escalante. Sentado en la mesa de un bar observa y reflexiona, y las reflexiones y explicaciones que asume el narrador que a su vez lo observa desatarán, todas ellas, “la acción”: Escalante perseguirá a una pareja que le llama la atención cuando sale del bar; y de allí en más proseguirá todo.
Y este “todo”, es mucho: peripecias, traspiés, (¿aparentes?) equívocos, surgidos de “la acción”… pero también de la “imaginación pura” de quien narra (¿o de quien “protagoniza” esta historia, el profesor Escalante?).
Todos los apellidos de los personajes que rodean al profesor, la pareja, tres ex alumnos, el dueño de un bar y un parroquiano, entre otros/as), comienzan con “esca”; comprobarlo hará surgir la pregunta sobre si aquéllos “no fueran imágenes de su propio nombre, Escalante, imágenes aéreas que le traían pedazos de lo que él mismo había sido y de lo que había dejado de ser”. A lo que agrega: “Dos sílabas, que son un pedazo de nombre, ¿pueden ser un pedazo de algo real?” Y poco más adelante: “¿Serían todos, Escalante, Escalona, Escalera, Escari, Escaramilla, Escárcega, Escafino, una sola entidad o, mejor dicho, un solo ente?”
Y ese “solo ente” es, por supuesto –¿quién otro, si no?–, el narrador, acaso el autor, que lo admite cuando afirma, respecto a Escalante, que (éste) se había transformado en “Puro observador, observador en estado de pureza, o sea sin saber por qué observaba, no como los presocráticos que, en el despertar del mundo, querían observar y entender el misterio de todas las cosas. Él no, sólo observar como si fuera el fantasma de un relato sin finalidad pero sin ser fantasma, todavía ser humano observante, en situación de peligro si era descubierto observando o, como en el caso de los estudiantes, objeto de añeja y melancólica observación. Y, al observar adivinaba destinos, por fuerza se despersonalizaba, no era ni siquiera otro observando, sino un puro receptor olvidado de aquello que debía ser lo suyo dejado atrás, en un suspenso ilimitado”.
Acción y pensamientos del protagonista correrán entonces por dos carriles paralelos, a los que hay que sumar el pensamiento del propio narrador, quien acompaña, ¿estimula?, y suma los suyos a los del propio profesor. (“‘¿Por qué, se preguntó [Escalante], todo transcurría entre preguntas?’”)
Destrucciones
La primera lógica destruida en Destrucción… es la del tradicional y “cómodo” relato lineal, en el que la prosecución de un objetivo por parte de un personaje avanza sin tropiezos. En Destrucción…, por el contrario, toda clase de reflexiones, análisis, comparaciones, asociaciones puntúa el relato; en definitiva, digresiones que siguen –a su modo– la acción de los personajes; como un río que fluye, al mismo tiempo que incontables ramificaciones perpendiculares o diagonales –las digresiones– lo acompañan, de principio a fin. Se podrían llegar a pensar en dos libros superpuestos construyendo esta nouvelle: por un lado la acción y peripecias del profesor Escalante; y por otra, la serie de asociaciones y razonamientos del relator, fundidas con las del propio profesor: “muchas preguntas más, algunas obvias, otras injustificadas, o sea sin respuesta, aparecerían a medida que se produjeran variantes en la escena o a que aparecieran los personajes que estaban fuera de escena pero gravitando, motivando sus –los del profesor- erráticos y arbitrarios desplazamientos”, declara el narrador.
Pero, por otra parte, ¿quién relata esas digresiones? ¿Por qué las hace? ¿Y para qué? Todas (son) preguntas que tal vez sean refractarias al texto, que posiblemente no sean pertinentes o adecuadas. El narrador, sin duda “omnisciente”, se refiere en un momento a “la muchacha fumadora, de cuya existencia sólo quedaba una constancia en las páginas precedentes, que de todos modos no eran de mucho confiar”, ejemplo de una “desconfianza” en la afirmación, no sólo respecto de lo dicho… sino también de lo escrito.
Acá tenemos “la otra lógica rota”: la del relato mismo (¿la de un “relato confiable”?), que concierne más bien a la de los “métodos de la escritura”; donde fluye una subjetividad (la de este narrador omnisciente que no sabemos de dónde viene –ni, en rigor, ya que hablamos de una obra de arte, a dónde va–) que, siendo sumamente amable con el lector (porque Destrucción… es una narración amena, entretenida, humorística por momentos, atrapante e inteligente) no deja de ser compleja, en el sentido de la elaboración. El narrador lo plantea: ante las complejas relaciones que se establecen –o que pueden establecerse– entre la acción o experiencia y la idea o concepto(s) declara: “Se detuvo en la palabra experiencia; admitió que no se podría prescindir de ella para generar un concepto pero también debió admitir que conceptos ya configurados constituyen una experiencia que no suele ser considerada tal, razón por el cual el término, que aparecía como redondo y claro, se volvía ambiguo, tanto que podía ser, esa ambigüedad, el fundamento de una diferencia radical entre filosofías; la de la experiencia propiamente dicha, un inevitable vitalismo, y la de la experiencia conceptual, de un inevitable intelectualismo y, en cierto modo, elusiva ausencia”.) Y todo esto es logrado, originado, desde un nombre: “nunca se le habría ocurrido pensar [dice el narrador a propósito de Escalante] que eso podía desencadenar una proliferación de nombres, nunca se habría atrevido a pensar que su apellido podría ser como un huevo del que salieran innumerables seres portando esa marca, esa galladura, puesto que hablamos de huevos”.
Y más allá de los orígenes, lo cierto es que las “mutaciones, o repeticiones, o reapariciones” que se proponen en Destrucción… proliferan hasta dar con un conjunto que comienza y finaliza con/desde su protagonista.
* * *
En medio de las disquisiciones del profesor de filosofía, y recordando a Juan Domingo Perón –cuyo nombre aparece un par de veces junto a otras sentencias políticas famosas–, el relato enuncia: “la organización vence al tiempo. Y, a la muerte se diría”. Y si esta coda dice algo de la muerte, la expresión puede (y debe tratar de) hacerse dentro de los confines(siempre en expansión) de creatividad y belleza. Y la literatura, por supuesto, se lo propone, y a veces, lo logra.
* * *
La muerte, en efecto, puede ser vencida desde la literatura; desde “la organización” de sus materiales y posibilidades, de lograr su permanencia en el tiempo. Noé Jitrik –en lo que mi juicio valga– ha demostrado que esto es posible, con este nuevo “combate” (literario), donde “lo real imaginado” permite pensar (a) la literatura (o al menos, uno de sus posibles caminos).
* Noé Jitrik, Destrucción del edificio de la lógica, Buenos Aires, Emecé, 2009.
Trotskistas contra Stalin (diario Página/12)
Publicado: septiembre 20, 2011 Archivado en: Artículos varios, CEIP "León Trotsky", Historia, León Trotsky, Noé Jitrik, Polémica, Política, Trotskismo | Tags: CEIP "León Trotsky", León Trotsky, Noé Jitrik, trotskismo Deja un comentario »Trotskistas contra Stalin
Ante un nuevo aniversario del asesinato de León Trotsky, el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones (CEIP) dedicó la última edición de sus Cuadernos, bajo el título “Los trotskistas contra Stalin”, a la historia de la oposición de izquierda rusa, protagonista de “un combate que dejó importantes jalones que continuaron y enriquecieron el desarrollo del marxismo revolucionario en el terreno teórico y político, contra la burocracia que se enquistó en el primer Estado obrero de la historia”, según señalan los editores, Andrea Robles y Rossana Cortez. Este número 15 de los Cuadernos se abre con una reseña de Noé Jitrik sobre El caso León Trotsky, también publicado recientemente por el CEIP. La publicación incluye “Los trotskistas en la URSS (1929/38)”, de Pierre Broué, un dossier sobre “1928-1929: el peligro del bonapartismo y el rol de la oposición”, así como diversos textos del propio Trotsky, entre otros artículos. Más información: www.ceip.org.ar
http://www.pagina12.com.ar/diario/universidad/10-177175-2011-09-20.html



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