Murió Maurice Nadeau
Publicado: junio 17, 2013 Archivado en: Actualidad, Historia, Libros, Literatura, Maurice Nadeau, Surrealismo | Tags: libros, Literatura, Maurice Nadeau, Surrealismo Deja un comentario »
El editor, crítico y escritor francés Maurice Nadeau, fundador de la revista ‘La Quinzaine Littéraire’, en 1966, y descubridor de Samuel Beckett, Georges Perec y Michel Houellebecq, entre otros, falleció el domingo a la edad de 102 años, anunció el lunes a la AFP su hijo Gilles Nadeau.
“Mi padre falleció el domingo a las seis de la tarde en su casa, en compañía de sus familiares”, dijo Gilles Nadeau. “La redacción de la ‘Quinzaine Littéraire’ está conmocionada. Tendremos que encontrar un sucesor que continúe con su obra”", agregó.
Nadeau, nacido el 21 de mayo de 1911 en París, editó a escritores como Beckett, Henry Miller, Witold Gombrowicz, Alexandr Solzhenitsyn, Georges Perec y más recientemente a Michel Houellebecq, de quien publicó ‘Ampliación del campo de batalla’, en 1994.
Nadeau, huérfano desde pequeño tras la muerte de su padre en la primera guerra mundial, culminó sus estudios universitarios en la Escuela Normal Superior, cuna de la élite intelectual francesa, antes de consagrarse a la literatura. En 1945, al terminar la segunda guerra mundial, militó en un grupo trotskista y trabajó en la primera versión del diario ‘Libération’, fundado por dirigentes surgidos de la resistencia, donde se encargó de la información literaria hasta 1951. También fue crítico literario de ‘France-Observateur’ y ‘L’Express’.
Más tarde trabajó como editor para diferentes editoriales hasta crear la suya propia, Les Lettres Nouvelles, que publicó entre otros a René Char, Henri Michaux, Raymond Queneau, Nathalie Sarraute, Claude Simon, Roland Barthes y Yves Bonnefoy.
Nadeau es el autor de una reconocida ‘Historia del Surrealismo’ (1948) y de un libro de recuerdos,‘Una Vida en Literatura’ (2002). Además de un libro sobre la novela francesa después de la guerra (1964) y de una antología de la poesía francesa (1970-72).
Hoy, música: Marisa Monte
Publicado: junio 16, 2013 Archivado en: Marisa Monte, MPB, Videos | Tags: Marisa Monte, Música, MPB Deja un comentario »La artista carioca dio dos recitales la semana pasada en el Gran Rex. Yo fui a uno. Pero hechos luctuosos de público conocimiento me impidieron hacer una crónica del concierto estos días. Así que va hoy como “anticipo” la versión de “Infinito particular” que MM hizo allí el día 11 (el primer concierto). Mañana si puedo escribo unas líneas comentando el show al que asistí…
El oficio de escritor (Noé Jitrik)
Publicado: junio 12, 2013 Archivado en: Literatura, Noé Jitrik | Tags: Literatura, Noé Jitrik Deja un comentario »(…) un escritor no sólo está reducido a lo que escribe: conoce lo que escriben los demás y, de una manera u otra, sea porque lo admite, sea porque lo rechaza u objeta, corrige. Más aún si carga en sus espaldas con una responsabilidad editorial, que equivaldría a un acto de confianza que la corrección exterior deposita en quien supone que ha sido capaz del otro tipo de corrección. Dispongo, en ese sentido, de experiencias concretas y realmente desconcertantes: me he visto obligado a corregir, y a veces a reescribir, decenas de artículos destinados a una obra, una Historia de la literatura, cuyos objetivos, pautas y exigencias parecían haber sido comprendidos por los especialistas convocados. No ha sido sin sufrimiento y ha de haber generado cierto encono por parte de los corregidos, no hay nada peor, por culpabilizante, que haber sido hallado en falta de leso escribir bien. Por lo mismo me costó la amistad de un escritor muy buen amigo que, en irritada disputa, me acusó de “corregir”. Estaba implícito en su acusación que me había arrogado méritos como para hacerlo y que ya me tocaría el turno a mí de ser corregido. Muy reputados escritores, como por ejemplo el célebre Roberto Arlt, por no mencionar al propio Juan Rulfo, padecieron, con gratitud, que les corrigieran, en el caso del primero incluso faltas de ortografía, sin que eso les hiciera perder, a uno ni a otro, su singular empuje. De todos modos, y no sólo es el caso de ellos, se debía estar produciendo un conflicto entre el “escribir bien” como ley externa y el “estilo” como rasgo de personalidad y, por eso, inmodificable, como lo quería el mismo Roland Barthes en su muy conocido El grado cero de la escritura.
Para no quedarnos en el conflicto y de alguna indirecta manera asumir una posición, me parece que, fuera de los abusos y extralimitaciones, fuera del encono o el agradecimiento, las dos posibilidades, “escribir bien” y “estilo”, descansan sobre ciertos ideales o ideologías. Diría que el primero expresa un ideal clásico, el otro un ideal romántico. ¿He optado, en mi experiencia de escritor, por uno u otro? Creo que no, creo que hay que alcanzar un escribir bien sin renunciar a lo propio e irrenunciable del estilo. Tal vez, personalmente, yo lo haya logrado en la medida en que cuando escribo y reescribo, o sea cuando mi solidaridad con mi propio texto se pone en ejecución sin tapujos, me acompaña, como un fantasma, un prurito de concentración verbal, que no me parece que sea en verdad un prurito sino una realidad lingüística, o sea la idea de que la palabra que usamos –o que escribimos– encierra en su perímetro una historia cuyas emanaciones le dan sentido al texto. Creo que sin esa concentración no hay texto aunque haya comunicación, no hay escritura sino información, sea cual fuere su alcance y su consistencia.
Pero como no basta con autodefinirse para calificar la propia experiencia del escribir y hay que obtener un resultado de una reflexión, me atrevería a decir que de la síntesis entre ambos términos, en suma entre lo clásico y lo romántico, toma forma el concepto de “ritmo”, que sitúo en un nivel superior, de resolución de los antagonismos; el ritmo, que debería ser “ritmo propio”, no sólo guía la escritura sino que es reconocible. En el momento en que se reconoce un ritmo se reconoce un escritor y se comprende en qué consiste su oficio o, complementariamente, lo que intenta o pretende como escritor.
La nota completa acá.
Ricardo Piglia sobre la escritura de Rodolfo Walsh: “Una lección de estilo, un intento de condensar el cristal de la experiencia”
Publicado: junio 7, 2013 Archivado en: Historia, Literatura, Periodismo, Ricardo Piglia, Rodolfo Walsh | Tags: Historia, Literatura, periodismo, Ricardo Piglia, Rodolfo Walsh Deja un comentario »Leemos hoy en el suplemento ADN-Cultura:
Quisiera analizar el modo que tiene un escritor de contar una experiencia extrema y transmitir un acontecimiento que parece de antemano imposible de narrar. Me refiero al modo en que Walsh cuenta la muerte de su hija Vicky -la joven guerrillera que muere en un enfrentamiento con la represión militar- y escribe lo que se conoce como “Carta a Vicky”, que circuló clandestinamente en 1976.
Luego de reconstruir el momento en que se entera de la muerte y el gesto que acompaña esa revelación (“Escuché tu nombre mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico”), Walsh escribe: “Anoche tuve una pesadilla torrencial en la que había una columna de fuego, poderosa, pero contenida en sus límites que brotaba de alguna profundidad”. Una pesadilla casi sin contenido, condensada en una imagen casi abstracta. Y después escribe: “Hoy en el tren un hombre decía ‘Sufro mucho, quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año’”. Y concluye Walsh: “Hablaba por él pero también por mí”.
Quisiera detenerme en ese movimiento, ese desplazamiento, darle la palabra al otro que habla de su dolor, un desconocido en un tren, que dice “Sufro, quisiera despertarme dentro de un año”. Es casi una elipsis, una pequeña toma de distancia respecto de lo que está tratando de decir, un deslizamiento de la enunciación, alguien habla por él y expresa el dolor de un modo sobrio y directo y muy conmovedor. Hace un pequeñísimo movimiento pronominal para lograr que alguien por él pueda decir lo que él quiere decir. Una lección de estilo, un intento de condensar el cristal de la experiencia.
El mismo desplazamiento utiliza Walsh en el texto donde cuenta las circunstancias en las que muere Vicky, “Carta a mis amigos”. Narra el cerco militar a la casa, la resistencia, el combate. Y para describir lo que ha sucedido nuevamente le da la voz a otro. Dice: “Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto”. Y transcribe el relato del que estaba ahí sitiando el lugar. “El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha, porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía”. La risa está ahí, narrada por otro, la extrema juventud, el asombro, todo se condensa. La impersonalidad del relato y la admiración de sus propios enemigos refuerzan el heroísmo de la escena. Los que van a matarla son los primeros que reconocen su valor, en la mejor tradición de la épica. Al mismo tiempo el testigo certifica la verdad y permite al que escribe ver la escena y narrarla, como si fuera otro. Igual que en el caso del hombre en el tren, acá también hace un desplazamiento y le da la voz a otro que condensa lo que quiere decir.
Quizás ese soldado nunca existió, como quizá nunca existió ese hombre en el tren, lo que importa es que están ahí para poder narrar el punto ciego de la experiencia. Puede entenderse como una ficción, tiene por supuesto la forma de una ficción destinada a decir la verdad, el relato se desplaza hacia una situación concreta donde hay otro, inolvidable, que permite fijar y hacer visible lo que se quiere decir.
Es algo que el propio Walsh había hecho muchos años antes, en 1964, cuando trataba de contar el modo en que había sido arrastrado por la historia. En el prólogo a la tercera edición de Operación Masacre Walsh narra una escena inicial, narra digamos su ficción del origen, y condensa así la entrada de la historia y de la política en su vida. Está en un bar en la ciudad de La Plata, un bar al que va siempre a hablar de literatura y a jugar al ajedrez y una noche de 1956 se oye un tiroteo, hay corridas, un grupo de peronistas y de militares rebeldes asalta al comando de la Segunda División del Ejército, es el comienzo de la fracasada revolución de Valle que va a concluir en la represión clandestina y en los fusilamientos de José León Suárez sobre los que Walsh realizará la denuncia en Operación Masacre.
Esa noche Walsh sale del bar con los otros parroquianos, corre por las calles arboladas y por fin se refugia en su casa, que está cerca del lugar de los enfrentamientos. Y entonces narra. “Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: ¡Viva la patria!, sino que dijo: No me dejen solo, hijos de puta”. Una lección de historia pero también otra lección de estilo. Una vez más el desplazamiento que condensa un sentido múltiple en una sola escena y en una voz. Este otro conscripto que está ahí aterrado, que está por morir, es el que cristaliza una red múltiple de significaciones. Un movimiento que es interno al relato, otra elipsis, que desplaza hacia el otro la experiencia de la historia.
Walsh hace ver de qué manera podemos mostrar lo que parece casi imposible de decir. La literatura sería el lugar en el que siempre es otro el que viene a decir. O mejor, el estilo sería ese movimiento hacia otra enunciación, una toma de distancia respecto de la palabra propia.
La nota completa acá.
Retrospectiva de Win Wenders (gratarola) en el cine El Plata
Publicado: junio 5, 2013 Archivado en: Cine, Invitaciones, Win Wenders | Tags: cine, cine El Plata, Win Wenders Deja un comentario »Victor Serge y su ‘Literatura y revolución’, reeditado: prólogo de Pepe Gutiérrez-Álvarez
Publicado: junio 4, 2013 Archivado en: Historia, León Trotsky, Libros, Pepe Gutiérrez-Álvarez, Victor Serge | Tags: Historia, León Trotsky, libros, Pepe Gutiérrez-Álvarez, Victor Serge Deja un comentario »* Leemos en Kaos en la red este (muy) buen artículo (que oficia de prólogo a la reciente reedición de Literatura y revolución, aparecido originalmente en 1932) de Pepe Gutiérrez-Álvarez sobre Victor Serge, con un exhaustivo comentario bibliográfico sobre el mismo (y las últimas reediciones), y discutiendo y comentando en relación a personajes histórico-políticos e intelectuales como Natalia Sedova-Trotsky, A.Koestler, André Gide, Susan Sontag…
(Incluso, compara las Memorias de un revolucionario de Serge con -nada menos- Mi vida, de Trotsky…)
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Literatura y revolución, el libro que ahora edita La Cosecha Anticapitalista, apareció originariamente en 1932 en los Cahiers Blue de la editorial de George Valoios.
Prólogo de Pepe Gutiérrez-Álvarez
Literatura y revolucion, de Víctor Serge. Una introducción.
El nombre de Victor Serge fue uno de los que, ya por entonces, comenzaron a “sonar” en nuestros círculos compuestos por estudiantes desafiantes y por jóvenes obreros ávidos de conocimientos. Por este hilo me viene a la memoria que por allá 1966 o 1967 uno de mis amigos universitarios llegó a una de nuestras reuniones con uno libro de Víctor Serge, y además publicado legalmente, algo que siempre suscitaba el comentario de alguien que decía algo así como: “Vaya usted a saber”.
Aún y así, nuestro grupo de lectores ávidos, ya un tanto distanciados de los jóvenes comunistas, tan entusiastas como ajenos a aquel afán por leerlo, se había aclarado sobre la cuestión. La habíamos tenido con una revista igualmente legal llamada Índice que no nos ofrecía precisamente confianza a pesar de que algunos de sus artículos, como los que Juan Gómez Casas sobre el sindicalismo revolucionario, nos había servido para debatir de lo lindo, e incluso habíamos hecho copias a máquina y en papel cebolla. Ya sabíamos que el régimen había aprendido de la derecha internacional en general, y de sus colegas norteamericanos, a instrumentalizar autores revolucionarios contra el “comunismo” donde nosotros ya habíamos establecido una férrea distinción con el “estalinismo” que según y cómo, podía ser justo lo contrario. A veces decíamos cosas muy fuerte, tales como “!Stalin ha matado más comunistas que Hitler y Franco juntos¡”, que dejaba bocabierto a nuestros amigos del partido.
El título de aquel ejemplar era El caso Tulav, obra escrita por Víctor Serge poco antes de su muerte (1947) y editada por la no menos equívoca editorial Luis de Caralt en 1954 (en traducción de Jesús Ruíz), y mi amigo universitario aseguraba que era mucho mejor que El cero y el infinito, de Arthur Koestler, y con esta recomendación me quede con ella unas semanas durante las cuales pude percibir que Serge tenía más claro que nosotros la diferencia entre “comunismo” y “estalinismo”. En líneas generales, mantengo la memoria de que Serge ofrecía una panorámica de Rusia de finales de los años treinta, rememora con detalle las trágicas consecuencias de las “purgas” de la que se había librado en 1936 gracias a las gestiones de André Gide y de una potente campaña internacional ya que Serge, aunque ciudadano del mundo, era medio francés y escribía en esta lengua. También sabíamos que había escrito un potente testimonio de la huelga general española de agosto de 1917 en El nacimiento de nuestra fuerza de la que existía una edición de 1931, y que alguien guardaba tenía por algún sitio, quizás el “compañero García”, el veterano cenetista que era algo así como una biblioteca andante, primero porque te pasaba los libros caminando, luego porque todo aquello, parecía un riesgo mayor que cualquier aventura del caballero de la Triste Figura.
También recuerdo un largo capítulo sobre la derrota de la revolución española y las implicaciones del aparato estalinista en la Barcelona que había sido obrera, y como se pasa a un ambiente que preludia los prolegómenos de la II Guerra Mundial. En éste contexto es donde tiene lugar el asesinato de Tulaev, émulo de Serguei Kirov, que había sido uno de los hombres de Stalin, y que sirve de pretexto para un alud de detenciones, destierros y ejecuciones, de un monstruoso agujero negro que acabará con toda la generación revolucionaria. No había una sola línea del libro que no estuviese escrita desde la perspectiva de un antiguo anarquista nacido en el seno de una familia de emigrados rusos ferviente antizaristas.
No hace mucho que requería a Juan Manuel Vera, de la Fundación Andrés Nin madrileña un ejemplar de la novela que figuraba en su catálogo (pero que ya no tenía), y menos todavía cuando conversaba con Andy Durgan las posibilidades de editar Ciudad sitiada en la magnífica traducción del poeta republicano Tomás Segovia (y en manos extraviadas en los vericuetos de las sugerencias a El Viejo Topo), y Andy que la había leído en fechas más recientes, me aseguraba que el caso Tulaev, con toda probabilidad, era la mejor novela que se había escrito sobre el “gran terror” estaliniano. Lejos quedaban los tiempos que la Fundación había publicado al menos un par de “dossier” sobre Víctor Serge que, entre los primeros compañeros de Trotsky y de Nin en la Oposición de Izquierdas rusa e internacional, el mejor amigo del POUM. De ahí que todos los poumistas fueran del maíz que fueran, hablaran con entusiasmo de él y con él ya que mantuvo una extensa correspondencia con algunos de ellos..
Esperemos que esta edición sea algo así como la señala para otros libros, al igual que sucedió en los años sesenta-setenta con parte de su obra, entre ellas El año 1 de la revolución rusa (Siglo XXI, Madrid, 1972), uno de los mejores libros sobre Octubre; Los años sin perdón (Planeta, Barcelona, 1977), que abunda en la misma materia, sin olvidar Medianoche en el siglo (Ayuso, Madrid, 1976), dedicado a los líderes del POUM asesinados o encarcelados…Como no podía ser menos, Fontamara publicó Todo lo que un revolucionario debe saber sobre la represión, un breve estudio sobre los métodos de la policía zarista sobre el que la LCR hizo un uso de manual como lo habían hecho los camaradas galos. Lástima que no se hiciera de sus Memorias de un revolucionario, igualmente traducida también por Tomás Segovia, y sobre la que Siglo XXI de México ha hecho una reedición reciente ilustrada con dibujos de su hijo, el destacado pintor Vlady Serge. Estas memorias han contado finalmente con una muy cuidada edición española en la editorial Veintisiete Letras y que recomendamos con la convicción de que se trata de unas memorias comparables a Mi vida, de Trotsky, aunque con más perspectiva por lo demás sobre el inicio del gran terror estalinista contra la vieja guardia bolcheviques.
Dada la infame sequía editorial que ha conocido su obra en los últimos treinta años, no debe de haber muchos jóvenes que conozcan a este singular escritor exiliado de nacimiento, ligado a la subversión prácticamente desde su más temprana infancia, alguien como Serge sobre el que Susan Sontang dice en su muy anticomunista y discutible prólogo: “Serge fue para mí un ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual con la tolerancia y la compasión. Aprendí que la política no es sólo acción…” Y yo añado: del que también podría haber aprendido que puede (y deber ser) acción colectiva, debatida e ilustrada, amante de la verdad, algo a lo que la muy individualista escritora norteamericana no siempre resulta fiel, no hay más que leer algunos de sus totalmente injusto y falsos comentarios sobre Trotsky.
Nacido en 1890 en Rusia, criado en Bélgica, militó a comienzos del siglo XX en la radicalizada Joven Guardia socialista de Bruselas, pero no tardó en ligarse con los anarquistas franceses, concretamente con los llamados “ilegalistas”, allí conoció al padre de Jean Vigo, y conoció la cárcel durante 5 años por sus no probadas implicaciones con la audaz banda de Bonnot. Escritor militante desde que nada más salir denunció el sistema penal francés en Los Hombres en la cárcel (y que según nos cuenta Carmen Castillo, se ha convertido en una suerte de best seller entre los presos, y se vinculó con los internacionalistas que se oponían a la “Unión Sagrada”, época en la que colaboró con grandes del sindicalismo revolucionario galo como Alfred Rosmer y Pierre Monatte, y con un tal Trotsky. Viajero incansable, Víctor vivió en la Rosa de Fuego donde se hizo amigo de Salvador Seguí. Sería en Barcelona donde nació como Víctor Serge ya que adoptó el seudónimo para escribir en el semanario Tierra y Libertad y como tal firmó la ya cita páginas catalanas de El nacimiento de nuestra fuerza, obra que está esperando su reedición (y nueva traducción) a gritos.
No hace mucho que el urbanista (y antiguo izquierdista luego moderado y finalmente resucitado) Jordi Borja, la citaba en uno de su artículo, ¿Hay un camino a la izquierda?:
“La ciudad fue nuestra universidad política y como los ciudadanos de la revolución francesa nuestra patria fue la izquierda, la resistencia al franquismo, las causas populares, las esperanzas generadas por las ideas y los combates compartidos. Recuerdo haber leído hace muchos años El nacimiento de nuestra fuerza de Victor Serge, crónica novelada de la Barcelona obrera de 1916, relato dominado por la presencia de Darío, que así llama al líder sindicalista el Noi del Sucre. Darío, contemplando la ciudad desde la montaña le dice al cronista: esta ciudad la hicimos los trabajadores, la burguesía nos la ha arrebatado pero un día la conquistaremos, y será nuestra”.
Conmocionado con la Revolución rusa como tantos otros, Serge se incorporó a las tareas revolucionarias en Rusia aprovechando tanto su carácter de políglota como sus variadas relaciones con el anarcosindicalismo y el sindicalismo revolucionario, fracciones que desde la naciente Internacional Comunista se consideraban capitales para contrarrestar la previsible influencia socialdemócrata En Moscú trató nuevamente con su alma gemela, Alfred Rosmer, personaje no menos legendario, entre otras muchas cosas, autor de uno de los testimonios más fehacientes de aquellos primeros años: Moscú en tiempos de Lenin (Ed. ERA, México, 1982, tr. de Ana Mª Palos), con Nin y con Joaquín Maurín, que años más tarde escribió que “Víctor Serge era claro y sincero; señalaba los defectos y las virtudes, los errores y los aciertos”.
Con semejantes actitudes y con un entusiasmo a toda prueba, Víctor Serge desarrolló una intensa actividad en la Internacional, de entrada fue el principal animador de La Correspondencia Internacional(Imprecor), revista prestigiosa en su tiempo. Por entonces, Zinoviev le confió misiones importantes en Berlín y en Viena, ciudades que vivían una notable efervescencia revolucionaria. Sacando tiempo del sueño, escribió obras como El año I de la Revolución rusa, Petrogrado en peligro (1919), amén de toda clase de ensayos, por ejemplo sobre la revolución china de 1927, una faceta sobre la que se ha hablado poco pero sobre la que existe un hermoso libro publicado en Italia. Su nombre figuraba también entre los artistas y poetas y fue amigo de poetas Esenin y Mayakovsky, así como de escritores como Pasternak y Mandelstan. Años más tarde, su testimonio sería fundamental para mantener la memoria de lo que había sido la literatura rusa de los primeros años más creativos de la revolución.
Serge fue entonces abogado de anarquistas y anarcosindicalistas, muchos de los cuales no le perdonaron su adhesión al bolchevismo, su apreciación de figuras como Lenin y Trotsky, pero su impronta libertaria se hizo notar como militante de la Oposición de izquierdas rusa desde el primer momento. Luego, ya en los años 1927-1930, cuando Stalin comenzaba a deportar a los oposicionistas rusos, pero que no se atrevía aún a perseguir a los revolucionarios extranjeros conocidos, Víctor Serge y Andrés Nin, amigos fraternales desde 1921, constituyeron, con Alejandra Bronstein (primera esposa de Trotsky), uno de los escasos núcleos de resistencia organizada al despotismo burocrático. Sobre estos años, Víctor será, después de Trotsky, el más infatigable e informado opositor. Obras como las de Panait Istrati (Vers l´autre flame) de la que Victor Serge fue coautor aunque eso no consta en la edición, o elRegreso de la URSS, de Gide, por no hablar de la temprana biografía de Stalin que escribió Boris Souvarine, le deben mucho a sus consejos e influencia.
Nuevamente liberado, Serge asumió con una voluntad de hierro y una energía sorprendente una labor excepcional de desmitificación del estalinismo y la defensa de sus compañeros, militantes e intelectuales perseguidos, deportados y asesinados. Poco antes de su deportación, Serge había logrado enviar una carta-testamento a la entonces trotskista, la escritora Madeleine Paz, en la que decía que era “un resistente absoluto en tres principios: defensa del hombre, defensa de la verdad y defensa del pensamiento”. Tanto es así, que en cuanto se produjo el primer proceso de Moscú, Serge creó el “Comité de defensa de la libertad de opinión en la Revolución” y publicó Dieciséis fusilados. El proceso Zinoviev-Kamenev-Smirrnov, el primer análisis serio y preciso sobre el terror estalinista y los procesos de brujería que organizó la GPU y contra los que sólo se levantaron el POUM en España y pequeñas minorías del movimiento obrero y algunos pocos intelectuales de izquierda, sobre todo los surrealistas con los que Serge tuvo una poderosa afinidad a pesar de que su escritura es más deudora de Balzac y de Zola que del fantástico.
Muy poco tiempo después, ese mismo Comité tuvo que promover una fuerte campaña internacional en solidaridad con el POUM, para exigir una investigación sobre el paradero de Andreu Nin. En aquella época, Serge mantuvo una intensa correspondencia y un arduo debate con Trotsky en el que sobresalieron dos puntos: la cuestión del POUM, al que Serge apoyaba sin condiciones, y las condiciones para crear una nueva internacional, proyecto que Serge estimaba como precipitado y estrecho. Víctor Serge prosiguió incansablemente su actividad en defensa de sus camaradas de la URSS y de España. “Fue verdaderamente -escribió Serge años después- la lucha de un puñado de conciencias contra el aplastamiento completo de la verdad, en presencia de crímenes que decapitaban a la URSS y preparaban para pronto la derrota de la República española”.
Al mismo tiempo, Serge siguió trabajando como escritor, traduciendo a Trotsky al francés, suya es la mejor versión que se conoce de La revolución traicionada, obra que, por cierto fue traducida al castellano por Juan Andrade y estaba de publicarse en la Editorial Marxista cuando estallaron las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona y todo lo demás. . También hizo obra propia, títulos como los ya mencionados, y otros como De Lenin a Stalin, Retrato de Stalin, así como Destino de una Revolución,recuperada por Los Libros de la Frontera (Barcelona, mayo 2010) en una edición muy cuidada, con prólogo de Wilebaldo Solano que falleció antes de ver la edición en las librerías …La ocupación alemana le llevó al México de Lázaro Cárdenas donde falleció en 1947 después de una última fase en la que reconsideró algunas de sus concepciones marxistas para adoptar otras de mayor vocación humanista. Es evidente que la experiencia estaliniana le marcó profundamente, sin embargo, en sus novelas no se aportó ni un milímetro de las ideas ni de la gente con las que había combatido. Nunca habría aceptado esa frívola amalgama entre verdugos y víctimas que plumas como la de Susana Sontang (y no digamos otras todavía menos rigurosas), pueden llegar a decir o a casi decir.
Antes escribió junto con Natalia Sedova, un libro fundamental: La vida y la muerte de León Trotsky...Un pequeño dato que desdice algunas de las opiniones aventuradas que Susan Sontag destila en su brillante pero a veces extrañamente mal informado prólogo de esta edición de El caso Tuláyev en traducción de David Huerta, y que recomiendo con el mismo entusiasmo con que lo leí hace añora cerca de cuarenta años, y por lo que he podido comprobar, se trata de un entusiasmo ampliamente compartido. Tanto es así que la editorial Capitán Swing la ha vuelta a publicar…
Literatura y revolución, el libro que ahora edita La Cosecha Anticapitalista, apareció originariamente en 1932 en los Cahiers Blue de la editorial de George Valoios. Algunos de sus capítulos fueron traducidos por Juan Andrade para la revista Comunismo, órgano teórico de la Izquierda Comunista española liderada por Nin y Andrade. Hubo una nueva edición francesa en 1976 en chez François Maspero. En mayo de 1978 la publicó Editorial Fontamara de Barcelona, y casi al mismo tiempo apareció de la Biblioteca Júcar. En traducción de Eduardo Méndez Riestra, que comprendía además un apéndice¿Literatura proletaria?, y un anexo con comentarios del traductor en los que reafirma la autonomía de la escritura en relación a cualquier otro factor, incluyendo la revolución proletaria. Dado que existe otra materiales de Victor Serge sobre estas cuestiones, hemos preferido realizar una edición juntando el citado apéndice y estos materiales.
Hay que entender Literatura y revolución, como una suerte de prolongación de la famosa homónima de León Trotsky, su principal camarada de aquellos años. Aborda casi los mismos problemas y debate con las mismas escuelas, e igualmente, refleja un punto de vista que tanto Trotsky como el propio Serge, modificarían en los años treinta como consecuencia de sus propias reflexiones y del curso que había tomado la URSS bajo el mandato totalitario de Stalin. Obviamente, tanto los temas como muchos de los autores con los que polemiza, quedan actualmente muy lejanos cuando no son pastos del más absoluto olvido. Incluso algunos de los más renombrados del momento como Julien Benda, han quedado apartados de la historia. Pero esto no desmerece el interés de esta obra que aborda, entre otras muchas cosas, el papel de los escritores e intelectuales en el sistema capitalista, los problemas de los trabajadores para acceder a la cultura, etc.
Inmerso en un activismo extraordinario, Serge demuestra que no se ha olvidado de estar al tanto de la marcha de las letras en la URSS y en Francia, ni ha dejado de preocuparse por los problemas teóricos y éticos que plantea este debate.
En su preparación, hemos tratado de corregir las erratas originales y las propias del escaneado, también hemos ordenado las notas a pie de página de una manera que nos ha parecido más clara y asequible.
Un “Chris Marker” griego: Stefanos Tsivopoulos exibe na Bienal de Veneza
Publicado: junio 1, 2013 Archivado en: Actualidad, Arte y capitalismo, Cine, Stefanos Tsivopoulos | Tags: cine, Stefanos Tsivopoulos Deja un comentario »Leemos en O Estadao:
History Zero é um tríptico produzido com muita sensibilidade por esse videomaker de 40 anos, nascido em Praga, filho de pai grego, mãe iraniana e educado na Holanda. Um artista, portanto, globalizado, enfrentando o desafio de tratar da crise europeia por meio de histórias individuais.
A primeira delas é a de uma colecionadora de arte que sofre de demência, decorrente do mal de Alzheimer. O seu modo pessoal de atribuir significado aos objetos é baseado principalmente no toque, assinala Stefanos Tsivopoulos, o que a leva a fazer origamis com notas de 100, retiradas do fundo da gaveta e das páginas dos inúmeros livros de arte espalhados por sua casa-museu. Entediada, vez ou outra ela atira as flores de papel num cesto de lixo.
Entra, então, o segundo personagem no segundo filme, um catador de metal que arrasta um carrinho de supermercado pelas ruas de Atenas. É um jovem imigrante africano, que sobrevive dos restos da civilização, cuja vida muda quando encontra essas flores de euros no lixo.
O terceiro personagem é um artista errando pelo centro de Atenas em busca de inspiração e que, à maneira de Duchamp, transforma o carrinho abandonado do africano numa obra de arte, um verdadeiro “objet trouvé”. A conclusão está no centro da instalação de Tsivopoulos: não é o fim da história, como queria Fukuyama, mas um ponto de partida, como defendia Hobsbawn, reforçando “um pensamento alternativo”, segundo o cineasta. Essa conclusão tem outro formato em seu filme-instalação, o de arquivo de textos e imagens sobre sistemas econômicos encontrados para enfrentar a crise econômica.
Curiosamente, Tsivopoulos cita, entre os experimentos com meios de pagamento alternativos (o celular pré-pago usado em partes da África, por exemplo), a “rupia zero”, inventada por ativistas da Índia para combater a corrupção no país emergente. Vale lembrar que o artista brasileiro Cildo Meireles, em plena ditadura militar brasileira, criou antes a nota de zero dólar, hoje transformada em obra de arte rara (e que vale realmente uma nota). Syrago Tsiara, curador do pavilhão grego, diz que História Zero, antes de tudo, “é um arquivo do futuro, que registra a descontinuidade, as rupturas e a complexidade do presente regime econômico”.
Fúria documental. Stefanos Tsivopoulos tem algo de Chris Marker em sua fúria documental e obsessão histórica, mas se aproxima formalmente de Theo Angelopoulos em sua lúcida e calma representação da crise contemporânea.
Toda a obra de Tsivopoulos é temperada pela história, mas seu filme na 55.ª Bienal, História Zero, difere do trabalho mais recente, O Futuro Começa Aqui (2012), uma instalação in situ numa fábrica de azeite de Elefsina, sul da Grécia, pois dispensa o discurso político e aborda o tema da mutabilidade do capital sem esquecer que o espectador, no final, tem a última palavra.
Os personagens de seu filme nunca se encontram. Eles só sobrevivem na memória de quem vê e é capaz de fazer essa interconexão. A história, como dizia Hobsbawn, torna perigosos aqueles que a esquecem. E o Partido Nazista, que cresce na Grécia, é uma prova disso, conclui Tsivopoulos.



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